martes 13 de octubre de 2009

DESMONTAR LOS CÓDIGOS IDEOLÓGICOS DEL SOCIALISMO BUROCRÁTICO PARTE 5

Javier Biardeau R.
Nadie puede poner en duda que ha sido Chávez quién ha re-lanzado el debate en Venezuela y en Nuestra América, sobre el Socialismo del siglo XXI, en un momento en el que las luchas anticapitalistas y alter-mundialistas requieren cierta clarificación de horizontes ideológicos.
Existe toda una tradición de luchas antiimperialistas y contra las estructuras históricas de injusticia social, explotación y marginación social, que indudablemente forman parte del proyecto bolivariano, que desde nuestro punto de vista puede calificarse como un caso particular del “nacionalismo popular revolucionario”.
Sus opositores y detractores lo descalifican en el plano de la lucha ideológica como neo-totalitarismo, castro-comunismo del siglo XXI, populismo militar de izquierda, e incluso como fascismo. Sin embargo, la mayor parte de estos calificativos muestran una profunda ignorancia acerca de la historia de Nuestra América, donde pueden rastrearse desde la revolución mexicana hasta la actualidad, sistemas de movilización social, regímenes políticos, patrones de politización y formas de liderazgo, que presentan claras analogías con el proceso bolivariano, constituyendo sus procedencias más claras. El mismo Chávez no ha dejado de exaltar las figuras históricas de representantes del nacionalismo radical: Cárdenas, Perón, Torrijos, Velasco Alvarado, Sandino, Gaitán, Fidel Castro, han sido de una manera u otra, con todas sus particularidades, figuras emblemáticas de movilizaciones nacional-populares.
Sin embargo, a pesar de sus diferencias y especificidades de los nacionalismos populares revolucionarios, hay desafíos y problemas que deben encararse: ¿Qué mundo posible queremos, es acaso deseable, posible y factible? ¿Cómo funcionaría la sociedad de justicia, igualdad sustantiva, solidaridad y libertad real para las mayorías populares por la que luchamos? ¿Qué principios, criterios y valores presiden las relaciones sociales de una sociedad en ruptura con el capitalismo? ¿Cómo fundamentar ecológicamente nuevas relaciones sociales en la producción, en la distribución y en el consumo? ¿Cómo asegurar que la abolición de la explotación capitalista garantice una auténtica emancipación individual y colectiva? ¿Cómo acabar con opresiones específicas y discriminaciones seculares? ¿Cómo superar los dilemas de la radicalización democrática cuando muchas de estas experiencias derivaron en sus procesos de institucionalización del régimen político, en formas de corporativismo social, cuando no en claras propensiones o manifestaciones autoritarias? Obviamente, con “calcos y copias” de socialismos burocráticos, será muy difícil acertar en estas cuestiones.
Para avanzar en la construcción de nuevos horizontes socialistas, democráticos, libertarios hacia el siglo XXI, hay que reconocer el significativo giro eco-político que requiere el nuevo proyecto socialista, dejando atrás los códigos ideológicos de la modernización refleja (industrialización acelerada y compulsiva, bajo el dogma del “desarrollo de las fuerzas productivas”), así como el imaginario del colectivismo oligárquico-despótico, sedimentado por los monstruos políticos de la modernidad euro-céntrica.
Cuando nociones como modernización industrialista, desarrollismo y modernidad colonial-liberal entran en crisis, no basta relanzar una tradición socialista sin agotar una profunda auto-reflexión crítica sobre sus posibilidades y límites. ¿Es el nuevo socialismo “soviets + electrificación”? ¿Es el nuevo socialismo el viejo “Estado Socialista” presente en la Constitución estalinista de 1936? ¿Es el socialismo para el siglo XXI un proyecto inspirado en el marxismo-leninismo ortodoxo de la III internacional bolchevique? ¿Es el nuevo socialismo una aproximación indirecta al viejo socialismo burocrático y a los regímenes de “partido único”? ¿Qué hay de “nuevo” en el “socialismo bolivariano” del siglo XXI?
Este debate no es intrascendente. Si el socialismo-siglo XXI no se articula a discursos, prácticas de empoderamiento popular y políticas de emancipación para el desarrollo humano sostenible no tendrá chance alguno. Por más mitos, epopeyas, épicas, héroes y leyendas que se proyecten en la pantalla del imaginario colectivo, sin la concreción del desarrollo humano sostenible, concepto incorporado a la constitución de 1999, todo este señuelo ideológico correrá el riesgo de convertirse en una suerte de boomerang contra el proceso bolivariano.
El gobierno revolucionario venezolano da claras muestras de acelerar la lucha contra la pobreza y la exclusión, pero aún muestra un escaso impacto en derrotar las desigualdades estructurales. El 20 % de los hogares con mayores ingresos (de acuerdo al anuario estadístico de la CEPAL-2008) concentra el 48 % de los mismos, mientras el 60 % de los hogares más pobres concentra sólo el 29,6%. Lo que oculta para el común de las personas el coeficiente de Gini, con sus ecuaciones matemáticas, se revela en un coeficiente sencillo de desigualdad, donde se comparen quintiles de ingreso inferiores y superiores, colocando en la agenda lo mucho que queda por hacer, ya que gran parte de la riqueza se sigue concentrando en pocas familias, que aún siguen practicando modalidades de acumulación capitalista garantizadas por el marco legal vigente, o a través de la soterrada “acumulación delictiva de capital” que succionan, directa o indirectamente, parte del presupuesto público.
Es completamente cierto que el actual informe del PNUD (2009 con datos de 2007) ubica a Venezuela en una mejor posición (en el puesto 58 del desarrollo humano alto), pero también es cierto que dentro de este grupo de 44 países con desarrollo humano alto, hay vulnerabilidades en los indicadores como la paridad de poder adquisitivo en dólares per capita (PPA per capita) en gastos en salud y educación. Otro dato es que 13,7 % de la población Venezolana vive con menos de 2 $ al día. Más allá del los avances que hay que reconocer (y que solo una derecha histérica puede desconocer), hay mucho trecho por recorrer para justificar miradas autocomplacientes.
No puede existir un nuevo socialismo en medio de desigualdades ni engordando el reciclaje de dólares en las fracciones del capital financiero. Hay verdades que duelen, entre ellas, la conjunción del capital financiero, el presupuesto público y la nueva burguesía “roja-rojita”. Para nadie es un secreto, la complejidad de las contradicciones sociales y políticas del proceso. Entre ellas, las contradicciones y discriminaciones de clase, género, etnia y color de piel.
Las desigualdades estructurales muestran los límites de la retórica revolucionaria. Hay quienes prefieren hablar del “proletariado” de los manuales soviéticos, en vez de reconocer el sistema de dominación y desigualdad social específico de nuestras realidades sociales: sus rostros, actores, movimientos y fuerzas sociales.
Por tanto, hay que encarar nuevos y viejos retos. Hay tres torsiones fundamentales en el horizonte ideológico para reinventar nuevos socialismos que nos parecen indispensables: la eco-política radical, la crítica al paquete ideológico de la modernidad euro-céntrica y la democracia participativa, dejando atrás las fórmulas ideológicas simples (ancladas paradigmas de la simplicidad), rompiendo con la falacia desarrollista, el productivismo y el consumismo; y con aquellas mentalizaciones de los “regímenes de partido único”, tan propensas a descalificar la critica radical como “traición” y “confusión”.
El socialismo que promueve e impulsa la democracia participativa tiene poco o nada que ver con el socialismo burocrático. Eso si, siempre que exista efectiva participación y protagonismo popular. No se trata entonces de confundir el pensamiento crítico con “traición y confusión”, se trata de evitarles, incluso a los propulsores de viejas “nomenclaturas” y “nuevas clases”, la pesadilla del “campo minado”, el “callejón sin salida” y el previsible colapso de cualquier “calco y copia” del Socialismo de Estado, del colectivismo oligárquico.
Es conveniente mirarse en el espejo de la implosión del socialismo burocrático, incluso de aquellos modelos que se mantienen por “respiración artificial”, o en “salas de terapia intensiva”. Quienes desde temprano olieron el colapso, como el pragmatismo neo-desarrollista en China y sus “cuatro modernizaciones” (1979), o el Doi Moi de Viet Nam (1986), dejan pocas dudas que tratan de salvaguardar, al menos, formas de nacionalismo antiimperialista, que inspiraron algunas de las mayores gestas de movilización popular a lo largo de la historia del siglo XX. Para algunos, son simples restauraciones capitalistas. Para otros, son vuelcos pragmáticos ante reflujos revolucionarios de alcance mundial.
Desde coordenadas radicalmente distintas de su marco político-institucional, las experiencias más avanzadas de Estado Social y Democrático de los países escandinavos, muestran que el desarrollo humano y la calidad de vida, requieren de menos discurso y más esfuerzo político-institucional para alinear recursos, capacidades y acciones hacia objetivos y metas dirigidos hacia el desarrollo del potencial humano de las personas, familias y comunidades; desarrollando capacidades humanas para la equidad compleja. No es mentira plantear que entre los países con mayor índice de desarrollo humano (IDH-PNUD), esté Noruega, Islandia, Suecia y Dinamarca, junto con los Países bajos, Australia, Canadá, Japón, Francia y Finlandia. Obviamente, no se trata de copiar estos modelos, sino de comprender de manera selectiva cómo lograron institucionalizar regímenes de bienestar que se acercan a los objetivos de desarrollo humano.
Sin necesidad de apelar a las etiquetas simples, sin los maniqueísmos que impiden agudizar el análisis. Cuando uno escucha simplismos maniqueos sobre capitalismo/socialismo, autoritarismo/democracia, reforma/revolución, basta salirse de las plantillas, y analizar más de cerca las políticas y experiencias que impactan efectivamente en la calidad de vida, en función de aprender a construir proyectos de desarrollo humano sostenible, sin dejar de atraparse tampoco por los espejismos estadísticos o sus sesgos ideológicos implícitos. Socialismo para el siglo XXI y desarrollo humano deben cruzarse en múltiples dimensiones.
Lo que estamos planteando es la necesidad de enterrar los pies en las raíces históricas propias, pero tener una visión estratégica, analizando y comparando las experiencias más exitosas de transformación social en función del desarrollo humano, la calidad de vida y la escala ambiental del mismo. No se trata de terceras vías ni nada parecido, se trata de traducir en su sentido exacto, el significado del término Doi Moi Vietnamita: renovación. Renovación socialista para el siglo XXI, para salir de la trampa del socialismo burocrático.
El renacimiento del imaginario crítico socialista pasa por experiencias de renovación radicales de los marcos desde los cuales se viene construyendo el horizonte del socialismo posible. Cualquiera que esté medianamente informado sobre los pormenores del debate acerca de los “enfoques unificados del desarrollo” desde los años 70, puede reconocer la necesidad de un nuevo orden económico internacional de justicia e igualdad sustantiva, analizando las brechas entre Norte y Sur, así como la necesidad de nuevas perspectivas del desarrollo humano que dejen atrás todo el vocabulario del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial e instituciones similares, que se reclaman promotoras de la concepción capitalista del crecimiento económico.
La catástrofe a cámara lenta de la crisis ambiental, alimentaria, energética y económica, junto a las revueltas sociales, sepultará en el siglo XXI toda la retórica capitalista del desarrollismo y el imaginario de la modernidad euro-céntrica. Si de nortes se trata, desde el Sur pueden construirse modelos propios de desarrollo, con discernimiento selectivo de los criterios para el empoderamiento popular y el desarrollo humano de las mayorías sociales, hasta ahora empobrecidas y excluidas, sin acceso al ejercicio efectivo de la democracia protagónica y la participación en la toma de decisiones reales.
Basta recordar que fue por ausencia de democracia desde las bases sociales, que fracasó la experiencia de los socialismos burocráticos, por carencia de una democracia radical, que no podía estar supeditada a la cultura del partido/aparato y sus funcionarios. No era la planificación per se la que garantizaba el desarrollo humano, sino el tipo de planificación que debía incorporar el protagonismo efectivo y la democracia participativa como ejes del poder popular. No es en definitiva el estatismo autoritario, tan característico de los socialismos burocráticos, el que puede relanzar un proyecto de emancipación social.

sábado 3 de octubre de 2009

DESMONTAR LOS CÓDIGOS DEL SOCIALISMO BUROCRÁTICO PARTE 4


Javier Biardeau R
Uno de los mayores mitos para la transición al “socialismo revolucionario y democrático” es la creencia en la necesidad de un partido único, monolítico, sin corrientes, grupos de opinión, ni tendencias; en fin, sin “democracia socialista interna”.
En contrapunto, retomamos de Mariátegui la importancia del “frente único revolucionario”, sobre todo por la articulación de la diversidad de pensamientos socialistas en la unidad de acción, a partir de la dialéctica entre programa mínimo y programa máximo, entre programa táctico y estratégico.
Sin democracia socialista interna en las organizaciones políticas, no podrá construirse la democracia socialista en el “entorno” que se pretende transformar. No hay que olvidar que la forma/partido hasta cierto punto, prefigura aspectos de la forma-estado. El centralismo burocrático o el personalismo político del cualquier partido, se proyectan sobre el burocratismo y el bonapartismo en el aparato de estado. Esto ha quedado en evidencia en las experiencias del “socialismo burocrático”, sobre todo en la experiencia estalinista.
Plantear una correspondencia transparente y unívoca entre el proletariado como sujeto social y su representación política, se traduce inmediatamente en “dictadura de partido único”, y en “dictadura sobre el proletariado”. Más aún cuando hoy ha quedado patente la crisis de la representación política, como teoría y como práctica.
Sin embargo, el pensamiento marxiano construyó históricamente de otro modo la compleja relación entre clase(s) y partido revolucionario. La concepción de partido en Marx estaba signada por el paso de la “clase en sí” a la “clase para sí”, lo que Gramsci llamó la catarsis, el paso del momento económico-corporativo al momento ético-político. Marx, en el Manifiesto Comunista, planteaba que la “organización del proletariado en clase” pasaba por su “organización en partido político”, pero dejando en claro que “los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros partidos obreros. No tienen intereses que los separen del conjunto del proletariado (...) Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte en las luchas nacionales (...) hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, y por otra parte en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”.
Los comunistas constituían para Marx “el sector más resuelto” de los partidos obreros. En Marx, no hay entonces ninguna tesis del “partido único de la revolución”, ni ninguna pretensión de convertirlos en seres superiores y providenciales. Tampoco hay ninguna pretensión de transformar este “partido único de la revolución”, en la única fuerza dominante superior de la sociedad y del estado, en un centro de dirección y organización monolítico, burocráticamente organizado como destacamento de representantes alejados de las funciones de servicio publico, con mandatos revocables y responsables, de la necesidad de “mandar obedeciendo al pueblo”.
Fue Trotsky quizás, el único que analizó las deformaciones burocráticas del proceso soviético conociendo el monstruo desde dentro, y quién postuló la relación entre los distintos sectores de la clase obrera, los organismos de frente de masas, el rol dirigente, lo que Gramsci denomina rol ético-político, del partido revolucionario, antes y después de la toma del poder, y el régimen de pluripartidismo soviético, como forma política de la dominación social y política del proletariado. Sobre este punto, sobre el pluripartidismo soviético se ha hecho especial silencio para evitar la crítica a los regímenes de partido único.
Hay que reconocer en el Trotsky maduro, su rigor de pensamiento crítico al reconocer que la ilegalización de los partidos eserista y menchevique, y posteriormente la prohibición de las fracciones al interior del partido bolchevique, no estuvieron exentas de consecuencias políticas negativas. Aquí Trotsky vuelve a entroncarse con las críticas de Rosa Luxemburgo a la revolución Rusa, con planteamientos heterodoxos de Mariátegui y del propio Gramsci, este ultimo haciendo énfasis en la diferencia entre los métodos persuasivos de convencimiento y construcción de consensos, y los métodos impositivos, burocráticos y policiales. Gramsci conocía directamente el comportamiento fascista.
Trotsky recuerda que para el gobierno bolchevique aquellas prohibiciones eran una “medida provisional dictada por las necesidades de la guerra civil, del bloqueo, de la intervención extranjera y del hambre”, pero Stalin lo había transformado en norma, en modelo único. Desde allí el marxismo-leninismo ortodoxo ha convertido en dogma la tesis del “partido único de la revolución” y se estableció el llamado “régimen de partido único”, basado en el falso planteamiento estalinista que giraba sobre una falacia: con “la realización del socialismo”, las clases habían desaparecido, y por lo tanto también los partidos. Obviamente, todo por decreto.
Para Trotsky, en cambio, la toma del poder por sí misma no implica la abolición de las clases sociales: “En realidad las clases son heterogéneas, desgarradas por antagonismos interiores, y sólo llegan a sus fines comunes por la lucha de las tendencias, de los grupos y de los partidos. Como una clase está compuesta de numerosas fracciones -unas miran hacia delante y otras hacia atrás-, una misma clase puede formar varios partidos. Por la misma razón, un partido puede apoyarse sobre fracciones de diversas clases. No se encontrará en toda la historia política un solo partido representante de una clase única, a menos de que se consienta en tomar por realidad una ficción policíaca”. Esta ficción policiaca es justamente en lo que terminaron siendo los socialismos burocrático-autoritarios, con una diseminada mentalización policíaca de control y vigilancia en todos los espacios sociales, por cierto.
Lo cierto es que la fracción política que representa la “burocracia de estado”, es la que asume en mayor grado, la mentalización policíaca como lenguaje como seña de identidad. Para ella, la mentalización paranoide, hace de los otros, incluso de los potenciales aliados tácticos, “enemigos, traidores e infiltrados”. Es un fenómeno común, emblemático, recurrente en los procesos de transición al socialismo, marcados por deformaciones burocrático-despóticas. De allí la importancia de la lucha contra la ficción policíaca en el caso Venezolano, fenómeno que se hizo completamente palpable luego de realizadas algunas críticas, bastante superficiales por cierto, en el evento sobre “intelectuales, democracia y socialismo” en el Centro Internacional Miranda. Desde allí, cualquier mentalización policíaca que pretenda cobrar cierto auge, con una suerte de caricatura de la GPU estalinista, es un esfuerzo bastante ridículo y patético. Sin pensamiento crítico socialista se repetirán los errores del socialismo burocrático-despótico.
En el Programa de Transición, Trotsky plantea que “La burocracia ha reemplazado a los soviets, como órganos de clase, por la ficción de los derechos electores universales, al estilo de Hitler y Goebbels. Es preciso devolver a los soviets no sólo su libre forma democrática, sino también su contenido de clase. Así como en otro tiempo no se permitía a la burguesía y a los kulaks ingresar a los soviets, ahora es necesario expulsar de los soviets a la burocracia y a la nueva aristocracia (...) La democratización de los soviets es imposible sin la legalización de los partidos soviéticos. Los mismos obreros y campesinos, con sus votos libres, señalarán a los partidos que reconocen como partidos soviéticos”. Obviamente para Stalin, Trotsky era un espía del imperialismo, una peligrosa infiltración patológica en la revolución soviética.
Sin embargo, fue Trotsky el único dirigente marxista de la revolución rusa, que formuló con cierta consistencia el pluripartidismo soviético entre las dos guerras mundiales. Esta excepcionalidad de Trotsky, surge del análisis de la diferenciación social, y no se limita sólo al régimen político de una sociedad post-capitalista, sino que es fruto de una reflexión que apunta a su trabajo de elaboración sobre las perspectivas estratégicas de lucha por el poder. Es decir, se trata de un modelo no estalinista de transición al socialismo. Por cierto, la multiplicidad de partidos en los soviets, o en los organismos de la clase obrera y las masas populares, no implica de ninguna manera que el partido revolucionario renuncie a la lucha por la dirección a favor de un consenso hegemónico alrededor del programa estratégico y táctico. Pero no es lo mismo una actitud de persuasión a través de órganos de prensa y de lucha de opiniones, que una actitud de imposición, donde cualquier diferencia es traición.
De allí las analogías de Mariategui y Trotsky con relación a la crítica del régimen de partido único, característico del socialismo burocrático. Ciertamente, el sujeto-proletario debe conquistar la hegemonía sobre las otras clases explotadas antes de la toma del poder, pues no hay ninguna clase histórica que pase de la situación de subordinada a la dominadora súbitamente. Visto el curso de las transiciones socialistas, el proletariado como “clase gobernante” efectiva debe poner en el lugar a las capas burocráticas del Estado que pretenden sustituirla, que pretenden convertirse en capa dominante permanente.
Una revolución democrática, socialista, descolonizadora para la eco-política que se prefigura en el siglo XXI es la superación de la hegemonía despótica sobre la conciencia social, propia del capitalismo, y también presente en las experiencias del colectivismo oligárquico. La pluralidad de tendencias y pensamientos críticos socialistas es la condición de posibilidad de una democracia participativa, protagónica y revolucionaria distinta, al autoritarismo político de los regímenes de partido único.
El frente único revolucionario, defendido por Mariátegui, permite la democracia socialista interna, sin la cual, la construcción del estado de transición, de un Estado marcado de cabo a rabo por la revolución democrática, por la socialización del poder, pueda cumplir funciones que apalanquen una sociedad que supere los modos de vida capitalistas, marcados por el egoísmo posesivo, pero además por formas de alienación política que condenan a los individuos sociales, y a las clases dominadas, a ser no sujetos de la política, sino a ser medios pasivos, a ser objetos manipulables por pequeños grupos de decisión.
De allí que sea indispensable desmontar teóricamente y demoler en la práctica, los códigos ideológicos del socialismo burocrático.

MUCHOS INSULTOS, POCAS NUECES: A PROPOSITO DE LA "ELEVADA CONCIENCIA DEL DEBER SOCIAL"


Guevara junto a Krushov

Javier Biardeau R
“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su exilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal.” (Marx; 18 Brumario de Luis Bonaparte)
“(…) imperativo categórico: echar por tierra todas las relaciones en que el ser humano sea un ser humillado, sojuzgado, abandonado y despreciable.” (Marx; Introducción a la crítica a de la filosofía del derecho de Hegel)
“La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto, los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres, precisamente, los que hacen que cambien las circunstancias y que el propio educador necesita ser educado. Conduce, pues, forzosamente, a la sociedad en dos partes, una de las cuales está por encima de la sociedad (así, por ej., en Robert Owen). La coincidencia de la modificación de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria. “(Marx; Tesis III sobre Feuerbach)
El marxismo burocrático perdió de vista la ética de la liberación en Marx. En cambio, desde Stalin, trató de conjurar la emancipación social del proletariado bajo el paraguas de la “moral comunista”. Y de un tipo de moral represiva, saltaron al derecho coactivo, a la institucionalización de deberes en la Constitución del 36, al código civil y al código penal soviético. Quienes pierden vista estas relaciones, pierden de vista la diferencia abismal de Stalin con Marx, la relación estrecha de la obra de Marx, con la libertad del individuo social, una libertad personal distinta al libre-tráfico de mercancías y del conocido despotismo estatal. El estalinismo entierra el marxismo libertario. Como decía Marx: no sacrifico la libertad por la igualdad.
Marx no era colectivista, nunca habló de la sociedad en abstracto por encima del individuo social. No fue como Cristo, no fundó ninguna religión, sino una crítica de la alienación religiosa, siguiendo a Feuerbach. Marx no era Hegel, ni fundó ninguna religión del Estado, sino una crítica radical de la alienación política, la alienación del Estado representativo moderno. Marx no fundó ninguna religión del capital y del mercado, sino una crítica radical de la alienación económica, del fetichismo de la mercancía y sus consecuencias en la mixtificación de la explotación del trabajo asalariado. Aunque no lo compartan, el patrono, público o privado es patrono, es explotador político o económico, explotador de cabo a rabo.
Colocar la moral, un producto de la auto-actividad humana en el conjunto de las relaciones sociales, por encima y dominando a los individuos sociales, como un poder extraño y ajeno, es parte de una alienación moral. Marx no fue moralista, ni catequizaba, simplemente polemizaba, cuestionaba, hacía un uso crítico de la facultad de la razón, reconociendo una razón histórica y culturalmente situada, en medio de contradicciones y antagonismos sociales, en función de la practica revolucionaria de la liga de los comunistas. Uno de sus grandes legados, es la importancia de la crítica radical y revolucionaria de la economía política del capital, así como de la forma/estado, así como de las formas ideológicas, jurídicas, filosóficas que reproducen las estructuras de mando y explotación del Capital (capitalismo privado o capitalismo de estado, es capitalismo).
En el contexto del debate de las transiciones, hay quienes defienden como única verdad, como pilar fundamental del socialismo la tesis de la “conciencia del deber social”. Uno plantea que no es así, que hay dos falacias en esta única verdad: 1) que es una idea original del Che, 2) que la conciencia del deber social no sea algo sobre-impuesto; y por tanto, en vez de nacer de la relación dialógica con el otro y de la propia convicción, es fruto de la inculcación ideológica a partir de una acción cultural difusionista, de la imposición de una línea política. Habrá que recordar que nadie ama obligado, nadie ama a juro. Nadie ama por deber, por mandato externo, por imperativo político. Ama por lo que le sale del corazón, no de un yugo político.
Parafraseando en negativo a Mao: el amor, el altruismo, la ternura no nacen de la boca del fusil. Lo que no está claro en toda esta acción cultural difusionista sobre la “elevada conciencia del deber social” es la relación entre esta idea, frente a los derechos a la dignidad humana y la ética de la liberación. Al parecer, hay unas minorías proféticas que saben lo que es el bien absoluto, y nos lo dicen a partir de un simple maniqueísmo: el capitalismo es el mal, el socialismo es el bien. No me parece condenable a priori esta posibilidad, siempre que me aclaren de cuál socialismo estamos hablando. Si es el de la URSS, no logran convencer.
En terminos singulares, no tengo buenas referencias del socialismo burocrático que instaló Stalin en la URSS. No se si los defensores de Stalin en Venezuela saben (es decir, si han sentido siquiera indirectamente) lo que significa la experiencia del Gulag. Es posible que digan que eso nunca existió. Pues, sugiéranle a quienes han recopilado miles de testimonios y hechos sobre el Gulag, que esto es falso, que son inventos imperialistas, de la CIA, de los infiltrados. Solo una adoctrinamiento retratado por Orwell, puede hacer tabula rasa de la memoria colectiva de la tragedia humana del estalinismo. Si de verdad, practican lo que proclaman a los cuatro vientos, ¿cuales sentimientos de amor pueden justificar el silencio sobre el Gulag?
Pasemos a Guevara, al humano Guevara, no al tótem Guevara. No nos hagamos los locos, hablemos del Guevara de carne y hueso. Leamos al Guevara de carne y hueso, critiquemos las ideas que consideremos no válidas del Guevara de carne y hueso, o es que acaso estamos en la onda del culto la personalidad. ¿Acaso Guevara es una suerte de alfa y omega de los procesos de transición? No hagamos lecturas religiosas de Marx ni de Guevara. Ellos no son objeto de culto, de veneración supersticiosa. Son humanos, demasiado humanos.
El asunto es que la fórmula “elevada conciencia del deber social” no fue creada por Guevara. Hay evidencia histórica y documental para constatarlo. Esa fórmula ideológica es parte de la propia cultura ética, política y jurídica del “marxismo soviético”. Una investigación a fondo de estos planteamientos nos llevan a los años 50-60 en la URSS, y luego a los escritos de Guevara en Cuba. Sabemos que Guevara fue el símbolo de socialización de generación de cuadros y militantes enteros en Cuba. Pero eso es asunto de la revolución cubana.
Si la afirmación que hemos hecho es falsa, refútenla con argumentos, no con insultos. Creyendo insultar, se insultan a si mismos. Insultan además, la inteligencia de quienes pueden contrastar estas afirmaciones. Repito, si el asunto va por revalorizar una actitud no dogmática de los planteamientos del Che con relación a la ideología soviética, estamos completamente de acuerdo. Pero sin falsear hechos que pueden ser completamente constatables.
Existe una filiación del pensamiento del Che con el marxismo soviético de la época. Ese marxismo se autodenominaba “marxismo-leninismo”. El mismo Guevara se autodefinía como marxista-leninista. Uno sencillamente afirma que ese marxismo-leninismo es un invento estalinista. Esto da mucha tela para cortar, pero es un debate histórico, documental, con pruebas, con evidencia disponible. No son inventos del Imperio, de la CIA ni de los infiltrados. No son inventos de trotskistas (palabra que también puso a circular Stalin), ni de reformistas, ni de pequeño-burgueses ni de “anarcoides”.
Por cierto, cada vez que escucho esta última palabra, la confundo con “aracnoides”, cosas del significante, con el perdón de Bakunin y Lacan. Me imagino aracnoides del Imperio, de la CIA, infiltrados por las grietas y resquicios de la revolución, tratando de impedir la consolidación de la tan manida conciencia del deber social. Una suerte de remix de aquella serie de “Los Invasores”, pero en versión soviética. Las actitudes paranoides generan efectos similares, en el imperio gringo o en la superpotencia soviética. Pero sigamos.
Las formulaciones del llamado “Código del constructor del comunismo científico” no son producto del ideario de la revolución cubana, luego de declarase marxista-leninista y socialista en 1961, sino de los propios Congresos Ideológicos del PCUS. Allí aparece la fórmula: “elevada conciencia del deber social”.
Más allá de las descalificaciones a los cuatro vientos, solo basta con molestarse a realizar consultas documentales. Investigar un poco. Sin necesidad de olvidar en carne propia, los grandes sentimientos de amor, sin necesidad de sudar odio, descalificación, descrédito, desprecio. Justo en este momento de escuchar tanto repudio, pienso si no será necesaria una “elevada conciencia del deber social” en sus propios declamadores. Tal vez, si de deber se trata, sería mejor buscar la viga en el ojo propio, y no tanto en el ajeno. Se trata de examinar el punto, tal vez estemos equivocados.
Quienes presuponen que no ha existido la bancarrota del socialismo burocrático ni del marxismo-leninismo, ni como crisis histórica, teórico-ideológica, de representación ni como crisis de legitimación política, entonces se parecen a aquella madre enferma de la película “Good Bye Lenin”. Película con una impronta claramente capitalista, que en nuestros países pudiera llamarse: Goog Bye, Mr Reagan. Neoliberales y estalinistas se parecen en su capacidad de producir auto-engaño colectivo.
Hay un aspecto si se quiere estructural, que remite a estos efectos del autoengaño. La URSS colapso ciertamente en 1989, así como el Neoliberalismo colapsó en Venezuela desde 1998, a pesar de los intentos de despertar al “Lázaro neoliberal” por los intelectuales de Cedice. Sigamos.
Stalin muere en 1953. Sharia en 1951 había escrito “Acerca de algunos problemas de la moral” donde planteaba: “El marxismo-leninismo enseña que no solo la construcción de la nueva economía comunista, sino también la formación de la nueva conciencia comunista del hombre no es algo auto-impulsado, no es un producto impuesto por el destino, sino que se desprende de la actividad educacional multilateral y totalmente consagrada del partido bolchevique y el gobierno soviético.” Como vemos, no se trata de espacio para la auto-actividad, sino de puro condicionamiento, de puro y simple conductismo educativo. Esa no es una educación para la libertad, sino para la sumisión.
Luego en 1955, Shishkin, el llamado “decano de los filósofos morales soviéticos” publicó sus “Fundamentos de la moral comunista” donde comienzan a aparecer claras referencias a formulas ideológicas sobre el “deber social”.
En su informe al XXII Congreso del Partido Comunista de la URSS, Kruschov había subrayado la importancia de la educación moral: “Debemos desarrollar, entre el pueblo soviético, la moral comunista, en cuya base se encuentra la lealtad al comunismo y la enemistad sin compromisos hacia sus adversarios, la conciencia del deber social, la participación activa en el trabajo, el cumplimiento voluntario de las normas fundamentales de la vida humana comunal, la ayuda mutua propia de los camaradas, la honestidad y la veracidad, y la no tolerancia a los perturbadores del orden social” (Materiales del XXI Congreso extraordinario del PCUS).
El código moral del constructor del comunismo aparece en el proyecto de estatutos del PCUS de 1961. El Diccionario soviético de filosofía (Rosental-Iudin; 1965) afirma: “En la sociedad socialista, la base del deber civil está constituida por los intereses de la lucha en pro del comunismo. Es deber de todos los ciudadanos de la U.R.S.S. participar activamente en la edificación del comunismo. El código moral del constructor del comunismo incluye en sí el principio de la elevada conciencia del deber social, la intolerancia frente a toda infracción del mismo. El cumplimiento del deber llena de sentido la vida y el trabajo del individuo, proporciona la más alta satisfacción a la conciencia”.
Afanasiev en sus “Fundamentos del comunismo científico” (1977) plantea el citado código moral del constructor del comunismo presente en el programa del PCUS, y el tema de la “elevada conciencia del deber social”. Como vemos, se trata de elaboraciones algunas anteriores a los trabajos del Che.
Falta difundir más (si de difundir se trata) otras propuestas de una etica crítica-socialista: la ética de la liberación en Marx, esfuerzo que pueden estudiar en Enrique Dussel, Adolfo Sánchez Vásquez, Eugene Kamenka o Angel Prior Olmos. Sus textos pueden encontrarse con relativa facilidad. No creo que sean agentes pagados por el Imperio.
En fin, la frase convertida en fórmula ideológica: “elevada conciencia del deber social”, formaba parte de la cultura marxista-leninista soviética para la época. Estos datos pueden ser constatados históricamente en fuentes documentales. Sin necesidad de insultos, sin necesidad de invocar a los aracnoides, perdón “anarcoides” del Imperio, de la CIA ni los infiltrados, y mucho menos a los “filosofastros”. Si siguen así, se van a quedar sin adjetivos.
Finalmente, lo que ocurre es que el pueblo venezolano despertó, y más allá de una agenda política de un grupo publicitario acerca las bondades supremas (cero defectos, cero problemas, cero errores) de la revolución cubana, tenemos asuntos que resolver aquí y ahora, sin tantos “calcos y copias”.
Solo les pido personalmente eso, que no nos traten como tontos. Seremos "filosofastros", pero no estúpidos. Muchos saludos: se despide de ustedes, un pequeño reformista, anarcoide, y me imagino infiltrado por la Agencia de Seguridad Nacional (la CIA está un poco desacreditada), como el “super-agente” 86.
Firma: El impronunciable.

jueves 1 de octubre de 2009

DESMONTAR LOS CÓDIGOS DEL SOCIALISMO BUROCRATICO-PARTE 3


Javier Biardeau R
Hemos planteado que reiterar los códigos ideológicos del socialismo burocrático, repetir sus errores históricos, constituye un verdadero callejón “sin salida y sin retorno” para la revolución democrática y socialista venezolana. Se trata de evitar caer en una auténtica trampa caza-bobos. Es hora de extrema prudencia y creatividad socialista, ante el avance de una estrategia imperial-hemisférica de contención de los procesos populares constituyentes, avance imperial que se evidencia en el redespliegue político-militar sobre América Latina y el Caribe, así como en la obstaculización efectiva del retorno sin condiciones del Presidente Zelaya al auténtico gobierno democrático de Honduras.
En el ámbito internacional, no hay un avance definitorio de fuerzas socialistas sino los comienzos de un proceso de recomposición ideológica y política, que será intensificado por los efectos negativos de la crisis mundial sobre el mundo del trabajo, los precarizados y los “excluidos sin garantías”. Pero no estamos, a escala mundial, en un preámbulo inmediato del socialismo-mundo. No hay cortoplacismo posible. Es América Latina y el Caribe, la región que muestra los mayores avances en esta dirección, pero aún sin salir definitivamente del pantano de las “dos izquierdas”: una “moderada y buena”, según la narrativa ideológica de Washington, y una “mala, populista y radical”, ampliando el mensaje en las antenas ideológicas repetidoras: Krauze, Castañeda en México, el becado Villalobos con su pasado ultra-radical a cuestas, Petkoff en Venezuela, Cardoso en Brasil, y otros funcionarios menores de la Internacional Socialdemócrata, y sus fundaciones de apoyo.
Pero por otra parte, tenemos las debilidades y errores del marxismo-leninismo ortodoxo, el seguidismo ideológico a los manuales soviéticos, las diversas sub-ideologías sectarias que se reclaman auténticas herederas de la revolución rusa y de la ortodoxia bolchevique, ancladas en dogmas, en vocabularios de secta para reafirmar señas de identidades, en vez de analizar las realidades cambiantes, reiterando principios teóricos cuya validez limitada sigue estando referida a las coordenadas espacio-temporales de los años 20 y 30 del siglo XX en Rusia y Europa principalmente. Tienen los pies aquí, pero la cabeza allá. Adicionalmente, sin rupturas decisivas con las inercias del estalinismo. Por ejemplo, hay acciones de pequeños grupos de decisión, con canales de influencia y control, que muestran un apoyo incondicional a los sectores más conservadores de los Partidos Comunistas de estirpe soviético, como en el caso Cubano, donde cualquier diferencia de criterios ideológicos, es tramitada como “alta traición a la seguridad nacional”, donde aún imperan límites estrictos para el debate ideológico con consecuencias políticas, para la revisión a fondo, para la renovación socialista.
Es la trampa de las dos izquierdas la que hay que evitar, pues es una cuña que divide a la izquierda social, al campo nacional-popular de Nuestra América en su conjunto. Además es un instrumento perfecto de la “guerra fría cultural” en el campo de las izquierdas: “divide y vencerás”. Reconstruir la izquierda anticapitalista y no estalinista para el siglo XXI es un largo trabajo de renovación intelectual, moral y político. Allí se juega la posibilidad para nuevos socialismos, se juega la reinvención del patrimonio intelectual, moral y político del socialismo democrático, libertario, ecológico y descolonizador.
Por otro lado, el Imperio se está moviendo con gran iniciativa estratégica para la recuperación política, diplomática y militar del terreno perdido en el “hemisferio occidental”, y en lo que llaman su “patio trasero”: Nuestra América. Se mueven en Brasil, en Argentina, en Uruguay y en Chile, ablandan a sectores políticos moderados y pro-capitalistas de izquierda. Se mueven a sus anchas en Colombia, en México, Perú, Panamá, República Dominicana y en Costa Rica, fortaleciendo sus enclaves políticos de derecha y del centro liberal. Se mueven en los sectores opositores e infiltran segmentos pro-gobierno en Bolivia, Ecuador, Venezuela, El Salvador, Nicaragua, y Guatemala. Se mueven en todo el Caribe, como zona de control de la IV Flota y del Comando Sur.
Es completamente absurdo “hacerse el loco” ante la evidente realidad de los acontecimientos en curso. No es momento para acciones temerarias, ni para debilitar la necesaria consolidación de bloques nacional-populares, patrióticos, democráticos, populares y revolucionarios. Cuando se habla de bloques sociales, se habla de unidad nacional-popular, democrática y revolucionaria, de alianzas sociales y políticas incluyentes para la revolución democrática constituyente, para el nuevo socialismo, para la descolonización, para la revolución ecológica. Pues hay una auténtica campaña de cerco y aniquilamiento político sobre los procesos populares constituyentes del continente, y sobre todo, contra los gobiernos nacional radicales del continente.
No es momento para acciones y discursos absurdos, para errores infantiles, estúpidos, que facilitan la estrategia imperial-hemisférica envolvente, sino para asumir sin eufemismos en el caso Venezolano, una auténtica campaña de revisión, rectificación y reimpulso de las políticas del gobierno bolivariano. Una revisión de la práctica, de las políticas y sus resultados, pero también una revisión de la teoría, de la ideología y sus resultados. Para no caer en los errores y debilidades de la propuesta de reforma constitucional en Venezuela. Pues, se requiere de la reinvención del ideario de la democracia socialista para el siglo XXI, para fortalecer la relación operativa, concreta de las acciones y medidas de política, enfrentando problemas y demandas sociales postergadas o acumuladas, especialmente de los sectores aún excluidos y empobrecidos, para amalgamar el bloque nacional-popular, democrático y revolucionario de carácter continental, sin el cual, será inviable avanzar en objetivos fundamentales del nuevo socialismo.
El socialismo-siglo XXI no puede ser un espejo del burocratismo oligárquico del siglo XX, no puede hundirse en el pantano del Estatismo autoritario. Por ese camino no hay futuro, ni esperanza, ni posibilidad alguna. Es reto y tarea pendiente en Venezuela, consolidar el programa ideológico y político (medianamente presentable) del PSUV, elaborado con alguna modalidad de protagonismo y participación activa de sus patrullas, de sus bases; consolidar la táctica del “frente único revolucionario”, estabilizando las alianzas políticas y electorales, con escucha atenta y respeto a las posiciones de todas las organizaciones políticas socialistas, para dinamizar los movimientos sociales y los frentes de masa, de cara a los inmensos retos políticos del año 2010. En fin, para a) enfrentar con éxito las debilidades internas, las fuentes reales de descontento, desconcierto y desencanto en las bases sociales de apoyo de la revolución bolivariana, para b) enfrentar las amenazas que comienzan a prefigurarse desde los factores políticos de la oposición nacional (en sus vertientes radicales y moderadas); y c) ante la maniobras de ofensiva imperial contra Venezuela. No se trata de cuestiones menores, hay que romper con los lastres, con los códigos ideológicos del socialismo burocrático.
No es momento para agotarse en realizar una apologética de las formas de transición que se dieron en Cuba, por ejemplo. No es momento para revitalizar el ideario enmohecido del Socialismo de Estado. Es conveniente pasearse por algunas páginas de la obra de pensadores críticos como Rudolf Bahro (La Alternativa. Contribución a la crítica del socialismo realmente existente. Alianza Editorial, 1979). Un estudio de las transiciones socialistas, como el del antiguo militante salvadoreño del Partido Comunista: Mario Salazar Valiente: “¿Saltar al reino de la Libertad? Crítica de la transición al comunismo” (Siglo XXI editores), para dar cuenta de algunos de los desvaríos que existen, por ejemplo, en la tradición marxista-leninista ortodoxa con relación a las fuentes de los clásicos del marxismo revolucionario: Marx, Engels, Lenin. Es hora de profundizar el estudio, el análisis, para reconstruir con rigor analítico, el debate sobre las transiciones al socialismo, sin entubamientos, sin informaciones tramposas, sin colonización pedagógica. Contrastado fuentes históricas, reconstruyendo los hilos teóricos, develando los vacios, rompiendo con los manuales, contextualizando las proposiciones y denunciando el seguidismo ideológico.
Lo que constatan tanto Bahro como Salazar Valiente, entre otros, es el abismo entre un pensamiento crítico socialista que se mueve en el horizonte de la emancipación, y unas prácticas históricas de actores concretos que muestran sus relaciones directas con el despotismo político, ideológico, económico y social. En palabras sencillas, el abismo existente entre el pensamiento crítico socialista y las prácticas históricas del socialismo burocrático-autoritario. Sin comprender las razones de este abismo, se va directo al fracaso histórico, pues no se trata de conquistar la simple posibilidad de sobrevivir como “fortaleza asediada” a partir de una “moral espartana”, como ocurrió en la URSS y en otras experiencias, sino de lograr construir la plena existencia humana, como proyecto de universalización expansiva, como realización progresiva del ideal de liberación, para levantar la esperanza ante una civilización en ruinas, que anuncia crisis, catástrofes sociales y ambientales, cada vez más próximas y profundas.
El chance para el nuevo socialismo se agita en la prefiguración de un bio-centrismo de izquierda: una revolución eco-política para enfrentar nuevos retos civilizatorios, una revolución descolonizadora, que desnude las hipocresías y el cinismo del racismo inscrito en el proyecto de la modernidad occidental, una revolución democrática contra toda figura de estatismo autoritario, de patriarcalismo, de burocratismo, a través del poder efectivo de la multitud popular, y una revolución en la gestión de los ámbitos económico-sociales, para enfrentar las fuentes generadoras de la explotación, la desigualdad y la exclusión social. Es desde allí, que pudiera reinventarse la agenda para socialismos-siglo XXI, para enfrentar la mundialización imperial sin recaer y hundirse en los dogmas del despotismo burocrático del estalinismo.
Para recordar algunas pequeñas notas sintéticas de la obra abierta, revolucionaria y crítica de Marx con relación a la utopía concreta del socialismo revolucionario, como guías de contraste entre lo que se proclama y lo que se realiza:
a) No hay socialismo sin socialización directa de los medios de producción y de las condiciones de producción; es decir, del trabajo pasado, muerto, objetivado, concentrado hasta entonces en el capital. La liquidación de la propiedad privada burguesa despoja a toda esta riqueza de toda su forma de valor mercantil, reduciéndola a valores de uso. Fin de la enajenación del productor de sus productos de su actividad, desaparición del trabajo asalariado. Consecución de seres humanos libres y multilateralmente desarrollados, que satisfagan sus necesidades y goce de su existencia, de un modo activo y productivo, mediante vínculos estimulantes con sus semejantes.
b) No hay socialismo sin supresión de la antigua división social del trabajo; es decir, de la esclavizadora subordinación de los individuos sociales, a limitados y embrutecedores trabajos parciales. Superación de las desigualdades sociales heredadas y ancladas en la estructura de las fuerzas productivas, relaciones de producción y estructuras de mando heredadas, entre hombre y mujer, ciudad y campo, trabajo manual e intelectual. Así mismo, superación de la división socio-técnica del trabajo en la fábrica, en las unidades de producción, mediante la inclusión y socialización de la ciencia natural y la técnica moderna en la producción regulada, por medio del trabajo científico socializado: educación política, humanística, científica y politécnica en el lugar de trabajo. Distribución del tiempo de trabajo en diversas tareas, desde las más especializadas a las pesadas, manuales y esquemáticas, evitando que se concentren actividades unilaterales y embrutecedoras en algunos individuos específicos. Elevación cualitativa del nivel educativo, científico, técnico y cultural. La democracia socialista está presente en la unidad de producción.
c) No hay socialismo sin la apropiación de los medios de producción de los productores libremente asociados, anulando la expresión política de la división del trabajo y del viejo dominio de clases: la maquinaria del estado, el aparato de estado, elevando las funciones sociales necesarias de la administración más allá de cualquier relación de dominio sobre y entre los seres humanos. Reducción de las funciones coactivas y represivas al mínimo social indispensable. Administración pública al servicio de la sociedad, sin funcionarios especiales y con privilegios, con delegados libremente elegidos, responsables y efectivamente revocables en cualquier momento. Anulación de la división entre gobernantes y gobernados. Democracia socialista de las comunas.
d) No hay socialismo sino a escala mundial, hay procesos de transición al socialismo a escala nacional, pero solo es posible el socialismo a partir de la abolición del mercado capitalista mundial, a partir de la unión internacional del proletariado, de las pueblos-naciones subalternas, transformado en una unión supranacional para la liberación del género humano, que a través de la solidaridad y fraternidad internacional pondrá a disposición de la humanidad las inmensas riquezas y capacidades productivas de la cooperación social para la mejora del planeta a las generaciones futuras.
Se trata del horizonte de la utopía concreta, del socialismo democrático y revolucionario presente en la obra abierta y crítica de Marx. Si de brújulas, mapas y de cartografía se tratara, no hay mejor brújula que un examen crítico de los clásicos. Para contrastar las fuentes, para no desviar el rumbo por caminos derivados, para remontar el hilo conductor. Porque Marx sigue siendo un fantasma que recorre el mundo, el espectro de las luchas anticapitalistas y el mayor espectro contra el despotismo estalinista y su proyecto de liquidación de la democracia socialista.
¡A desmontar los códigos ideológicos del socialismo burocrático!

martes 29 de septiembre de 2009

DESMONTAR LOS CÓDIGOS DEL "SOCIALISMO BUROCRATICO"-PARTE 2

Javier Biardeau R.
Profundizar en el estudio de las transiciones:
No estamos de acuerdo con un formato de socialismo entubado por un pequeño grupo de decisión política. Hay que abrir el debate a múltiples voces, al amplio espectro de fuerzas sociales y políticas, a los movimientos sociales y populares.
En términos teórico-ideológicos, no estamos de acuerdo con el monismo ideológico-doctrinario, que exista una única y verdadera teoría socialista basada en el marxismo-leninismo ortodoxo, fruto de Stalin y legitimada por toda la ortodoxia bolchevique. No hay un solo ABC del socialismo. Hay una pluralidad de puntos de vista e interpretaciones críticas a la luz del colapso del campo del socialismo burocrático.
Así mismo, hay que profundizar en el análisis del pensamiento crítico marxiano y socialista, someterlo a profundas críticas, a profundos análisis y revisiones, contextualizarlo, comprenderlo en sus circunstancias, para lograr interpretarlo en su historicidad concreta. Por tanto, es necesario leer críticamente los escritos de Marx, Engels, Luxemburgo, Labriola, Plejanov, Korsch, Lukacs, Korsch, Gramsci, Gorter, Pannekoek, Kollontai, Trotsky, Lenin, Bujarin. Des-dogmatizar todo el patrimonio intelectual del pensamiento socialista. Evitar las indigestiones doctrinarias y los vocabularios de secta.
Revisar las razones del colapso temprano de la URSS como polo socialista, los factores objetivos y subjetivos de su deformación temprana (la cual ubicamos mucho antes de la NEP), su dinámica histórica, sus rasgos característicos, su crisis, sus posteriores intervenciones militares de gran potencia en países que intentaron construir un socialismo con particularidades nacionales. Pero sin historias de aparato, sin cuentos de burócratas, sin relatos complacientes.
También, hay que comprender los avances sociales de países de la orbita capitalista luego de la segunda guerra mundial, de aquellos países que lograron construir capitalismos regulados, con democracias liberales, con altos niveles de desarrollo humano, con políticas distributivas y redistributivas activas con fuerte intervención y planificación estatal en sus economías.. Esos no son cuentos, son hechos históricos completamente verificables en cualquier estadística del desarrollo humano.
Cualquier estrechez mental en este terreno impedirá comprender las razones del fracaso u éxito en la conquista de mayores oportunidades sociales, culturales, económicas y políticas para las mayorías populares de un país. Cualquier dogmatismo impedirá un análisis descarnado de los Capitalismo (s) y de los Socialismo (s) históricos, sus características, semejanzas y diferencias, logros y fallas. No es lo mismo EE.UU que Noruega, ni Cuba que Corea del Norte. Hay que comprender diferencias específicas.
Pero tan importante como todo esto, hay que descolonizar el patrimonio intelectual del pensamiento socialista, democrático y libertario. Esto quiere decir comprender su inculturación, a partir de recepciones diversas en América Latina y el Caribe. No somos una simple prolongación espiritual de Occidente, somos mucho más que Occidente, de allí la riqueza de las civilizaciones, culturas y naciones africanas, árabes, orientales y sobre todo, de los pueblos originarios que mueven heterogéneas y entrecruzadas configuraciones culturales, en el interior de las matrices simbólicas e imaginarias de la América profunda.
Es en este trasfondo político-cultural, donde se comprende la inculturación del pensamiento socialista europeo. Revisar las circunstancias que impusieron una versión dominante del marxismo-leninismo de la III internacional en la región desde 1930, así como analizar los focos de pensamiento crítico socialista que plantearon divergencias con el seguidismo ideológico a Moscú. Estudiar a los herejes como Mariátegui, que pensaron con cabeza propia y para la problemática específica de sus realidades nacionales. Reconocer sus alcances y límites como pensamiento crítico, sus aportes y falencias.
En fin, realizar lecturas abiertas, sin dogmas, comprendiendo que el asunto es la reinvención del patrimonio crítico del ideario socialista, democrático y libertario en su conjunto, pero en función de proyectos hegemónicos específicos, que apuntan a una agenda de reconstrucción de pueblos-naciones dislocados, fracturados y empobrecidos, tanto por el efecto de las políticas neoliberales, en el continente latinoamericano y en los países del Sur, como por la dominación histórica del imperio norteamericano sobre el planeta desde el siglo XX. Comprender que la mundialización capitalista ha generado una nueva modalidad imperial-colonial, que no estamos en el mismo contexto internacional de la Rusia de 1917 ni de Cuba en 1959.
La alternativa de salida a la hegemonía del pensamiento único neoliberal no puede ser una recaída en los códigos ideológicos del socialismo burocrático, otro pensamiento único de izquierda. Se trata de construir alternativas históricas más allá del neoliberalismo y del estalinismo como símbolo del estatismo autoritario. Superando los chantajes, los epítetos y estigmatizaciones: disidentes, reformistas, anarquistas, salta-talanqueras y pequeño-burgueses, síntomas de las inercias dele estalinismo en el procesamiento de diferencias, y de la liquidación de la diversidad revolucionaria en el propio campo del proceso por parte de pequeños grupos de decisión burocrático-despóticos.
Por tanto, hay que atreverse a desarticular la trampa estalinista, su chantaje despótico, pues no hay ni un camino único de socialismo ni un pensamiento único revolucionario. Tienen razón el PPT cuando hablan de construir el socialismo desde múltiples voces, o incluso el PCV cuando afirma su autonomía política, su aporte específico a la revolución bolivariana, junto a otras organizaciones políticas socialistas, en función de la construcción de un frente único socialista o revolucionario.
Es necesaria y conveniente la diversidad revolucionaria porque enriquece el debate, además porque manifiesta la necesidad de que la transición al socialismo no sea entubada autoritariamente, que exista auténtica democracia socialista.
Dado que Stalin es impresentable como símbolo revolucionario, se viene utilizando de modo dogmático la figura de Guevara. Sin embargo Guevara llamó al debate sin cerrazones dogmáticas, participó en debates abiertos con Mandel, con Bettelheim, con Carlos Rafael Rodríguez. Pero se nutrió de los manuales marxista-leninistas disponibles, y allí están sus referencias a ellos en diversos temas.
Guevara y Raúl Castro ya se movían en las aguas de la cultura política marxista de la época, antes que el propio Fidel, antes de abordar el Granma en 1956. Pero Guevara fue desplazándose hacia una actitud crítica y anti-dogmática en el seno de esta cultura política marxista, sin romper de fondo con las matrices ideológicas del marxismo-leninismo ortodoxo. De allí sus limitaciones a la luz de la crisis de representación teórica y de legitimación política del marxismo-leninismo ortodoxo en el seno del debate contemporáneo sobre el pensamiento crítico socialista.
Para nadie es un secreto hoy, que el debate socialista y marxista se ha hecho mucho más amplio, en algunos aspectos más fecundo, y en otros más “babélico”, producto de la complejidad de sub-ideologías que se reclaman del tronco común del marxismo. En este marco, resulta paradójica la emergencia de una tentativa de dogmatizar, de adoctrinar, de disciplinar el pensamiento socialista con una única voz, lo cual supone ignorar el clima ideológico de las izquierda(s) realmente existentes.
No hay posibilidad de pasar de contrabando ideas típicas del marxismo-leninismo más rancio, donde se sintetizan los códigos ideológicos de significación del “Socialismo Burocrático”. No hay posibilidad para pasar de contrabando un estalinismo sin Stalin, como ocurre con algunos de los sectores más conservadores del propio Partido Comunista de Cuba, vinculados a la llamada tecno-burocracia militar, policial y política.
Frente a estas iniciativas incluso reaccionarias hay que profundizar en Marx, ya que en Marx hay un pensamiento anti-estatista y anti-despótico. Un Marx contestatario, que habla de autonomía de masas, de democracia radical, de Comuna y no de forma-Estatismo, de propiedad social pero no de monopolio de la propiedad estatal, que reconocía la existencia de múltiples partidos obreros, democráticos, junto al partido comunista de su época, y no el monolitismo ideológico y organizativo de los socialismos reales.
Obviamente, ese Carlos Marx está prohibido para el pensamiento único de la izquierda despótica.
Porque también Marx es un fantasma para el estalinismo.

DESMONTAR LOS CÓDIGOS DEL "SOCIALISMO BUROCRATICO"-PARTE 1


Javier Biardeau R.
Develar sin ambigüedades los contrabandos ideológicos:
En Venezuela, se pretende meter “gato por liebre” en la construcción del nuevos horizontes para la revolución democrática y socialista. Y el “gato por liebre”, como el conocido y mal llamado “paquete chileno”, es una simple y burda estafa. En este caso, una estafa ideológica.
¿Quién puede sostener a estas alturas la defensa y necesidad de sistemas políticos unipartidistas con formatos de centralismo burocrático para la construcción del socialismo? Sólo nostálgicos de las nomenclaturas, funcionarios orgánicos de la “nueva clase”.
¿Quién puede sostener a estas alturas que la propiedad estatal de los medios de producción, es idéntica a la propuesta de Marx sobre la socialización de los medios de producción, que es equivalente a la apropiación social, a la propiedad social, común de productores libremente asociados? Solo los portavoces del Capitalismo de Estado.
¿Quién puede sostener hoy que la llamada “conciencia del deber social” es una formulación originaria del Che Guevara? Alguien que ignore olímpicamente el XXII Congreso del PCUS en el período de aparente apertura de Kruschov, que ignore los trabajos de Shishkin, y de quienes plantearon la “moral comunista” en el marxismo soviético, ya antes del trabajo de Guevara sobre el “Sistema presupuestario de financiamiento” (1964). Por ejemplo:
“Debemos desarrollar, entre el pueblo soviético, la moral comunista, en cuya base se encuentra la lealtad al comunismo y la enemistad sin compromisos hacia sus adversarios, la conciencia del deber social, la participación activa en el trabajo, el cumplimiento voluntario de las normas fundamentales de la vida humana comunal, la ayuda mutua propia de los camaradas, la honestidad y la veracidad, y la no tolerancia a los perturbadores del orden social.” (Materiales del XXII Congreso extraordinario del PCUS-1961).
Desde nuestro punto de vista, la fórmula “elevada conciencia del deber social”, pertenece al “marxismo-leninismo soviético” del siglo XX, no remite como fuente sino a formulaciones de la propia cultura ética, política y jurídica de la URSS en los años 50-60. Es una formula ética ajena a la arquitectura teórica del pensamiento crítico marxiano, sobre todo por su énfasis en sus aspectos compulsivos en la inculcación ideológica, que pierde de vista que Marx, que fue un pensador moderno, europeo, perteneciente a la tradición crítica de la ilustración del siglo XIX, elaboró su “crítica a la economía política capitalista” al servicio de un ideal de emancipación general de los individuos sociales, del género humano, y no de la “sociedad en abstracto”, para acabar con todas aquellas relaciones e las que los “individuos sociales” se encuentren humillados, avasallados, desvalidos, envilecidos y sometidos (Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844).
No se trata de plantear entonces, una figura del colectivismo burocrático por encima del “libre desarrollo del individuo social”, ni un despotismo igualitario propio del “comunismo grosero”, crítica marxiana que está presente desde los manuscritos de 1844, pasando por la ideología alemana (1845-46), por los trabajos preparatorios del el Capital (1867), los Grundrisse (1857-58), hasta su análisis de la Comuna de París en 1871, y la crítica al programa de Gotha (1875). Este dato es relevante, ya que ni los Manuscritos económico-filosóficos, ni la Ideología Alemana ni los Grundrisse fueron trabajados por la ortodoxia bolchevique, que dio paso al llamado “marxismo-leninismo ortodoxo”, como lo denominó Bujarin.
Es decir, los líderes de la revolución rusa desconocían en gran medida aspectos fundamentales de la obra abierta y crítica de Marx, de su concepción tanto del “socialismo revolucionario” como del “comunismo”, que no eran ni fases ni etapas del proceso histórico de transición. Estas etapas o períodos de transición son inventos no marxianos.
No hay revoluciones socialistas por decretos, ni por inspiraciones divinas, ni por recetas, ni por calcos y copias. Las ideologías socialistas disponibles son producto de las circunstancias históricas específicas, del despliegue de las luchas ideológicas que se encarnan y traducen en actores, movimientos y fuerzas sociales. Sin comprender la composición de clases, grupos, etnias y sectores de las sociedades de Nuestra-América, resulta una debilidad analizar las luchas ideológicas, políticas y culturales presentes.
La heterogeneidad estructural, social y cultural define relaciones entre etnia, clase y nación, con una particularidad que las distingue de los análisis de clases de las realidades europeas del siglo XIX. Podrá simplificarse una estructura de clases específica a tres grandes sectores, a dos, a cinco, pero esto es una burda simplificación si se desconoce el proceso específico de la conformación histórica de estos grupos, sectores y clases, con sus expresiones políticas, ideológicas y culturales.
Sin analizar cómo el fenómeno del “colonialismo interno” condiciona la elaboración, apropiación y recepción de las ideologías procedentes de la Modernidad Europea en la geografía de experiencia de América Latina y el Caribe, poco se comprenderá acerca de los proyectos hegemónicos en pugna. Y esto lo decimos, porque al parecer hay una suerte de “marxismo de las Carabelas”, una plantilla que presente imponerse sobre la especificidad histórico-cultural de los pueblos del continente, trasladada desde el tronco marxista-leninista, desde los manuales de la ortodoxia soviética.
El “marxismo de calco y copia” no permite ir construyendo horizontes socialistas no dogmáticos, ni descolonizadores. Las formas de ideología dominante no solo son capitalistas, son colonial-modernas, euro-céntricas, patriarcales, desarrollistas y racistas. Hay que reconocer, entonces, variantes de la ideología socialista, que reproducen las matrices de poder del colonialismo, del eurocentrismo y del patriarcado, así como la alienación política; es decir, la separación perpetúa entre gobernantes y gobernados, cuestionada por Gramsci en sus “Elementos de Política”: los gobernantes arriba, mandando casi por “derecho natural” o “derecho divino”, los gobernados abajo, calándose la explotación política, sin ejercer el protagonismo ni la participación democrática.
La modernización refleja, trunca, dependiente, producto del proceso de “actualización histórica” descrito por el antropólogo Darcy Ribeiro, ha generado ideologías revolucionarias que reproducen las actitudes básicas de la evangelización compulsiva, de los colonizadores. Se trata de un “marxismo” y un “socialismo” de las Carabelas. En vez de gritar: “Tierra, Tierra”; gritan: “Estado, Estado”.
Han perdido de vista la matriz anti-Estatista del pensamiento emancipador marxiano, liquidando el proyecto-liberación en el altar de la burocracia política, administrativa, policial y militar, añadiendo a la explotación económica directa, una segunda explotación del pueblo, una alienación política: la Estadolatría.
De allí la importancia de no perder de vista toda la experiencia histórica del termidor estalinista, todas las dificultades de la burocratización temprana de la revolución rusa ya desde 1920, pues fueron elementos económicos, políticos, ideológicos y culturales los que intervinieron en la deformación temprana del proceso de transición en la URSS.
La debacle soviética se prefigura desde la forma del partido-único despótico, desde la liquidación de la “oposición obrera”, desde una concepción monista de la ideología revolucionaria, desde la raíz jacobina de su estilo de conducción revolucionaria.
La debacle soviética fue advertida muy tempranamente por Rosa Luxemburgo (1918). El problema estuvo en usar las “armas melladas” del imaginario jacobino para construir Socialismo. Es decir, en olvidar que la auto-emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos, de sus consejos socialistas, de sus comunas, no de un partido-aparato de funcionarios sobre-impuesto al “movimiento real que tiende a superar el orden existente”.
La debacle soviética estuvo en no construir formas de democracia socialista, refugiándose en la venerada superstición por la maquinaría despótica del Estado.
Fue históricamente falso que el proceso revolucionario bolchevique era aceptado por todos. Allí está la historia de desacuerdos con Lenin, allí esta Luxemburgo, la oposición obrera, la izquierda Consejista holandesa, el Austro-marxismo, el POUM español, y en gran medida muchísimas críticas a Stalin, por parte de Trotsky.
La deformación burocrática-autoritaria de la Revolución Rusa viene desde la cuna, no es un mal de adolescencia, y se llama despotismo ideológico, político y económico, fue el “Socialismo de Estado”.
Si se quiere ir a la raíz del problema, encuéntresela en una incomprensión radical del planteamiento revolucionario de Carlos Marx, y no solo en circunstancias objetivas aducidas como pretextos para colocarle vendas en los ojos al pueblo. Desde el imaginario jacobino-blanquista no se construirá revolución socialista alguna:
“Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría. El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa. El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.” (Manifiesto Comunista-1848)
Si de verdad no se quieren repetir los errores, entonces comience por desaprender todos los dogmas de la ortodoxia soviética. No hay garantía alguna de éxito, pero es un comienzo indispensable.
Para decirlo con Robinsón: ¡O inventamos o erramos!

viernes 25 de septiembre de 2009

DEBATIR TRANSICIONES HACIA NUEVOS SOCIALISMOS



Javier Biardeau R.
Las corrientes que son favorables a una revolución democrática y socialista en Venezuela comienzan a debatir internamente, no sin mostrar los bloqueos e inercias derivados de las supersticiones ideológicas de la izquierda despótica del siglo XX.
Las “transiciones al socialismo” requieren no solo de consignas, sino de auténtico estudio histórico, de sensibilidad y reflexión crítica, sobre todo si consideramos las condiciones de los países periféricos, sus graves desequilibrios y heterogeneidades estructurales, producto de sistemas económicos altamente vulnerables y dependientes de los vaivenes en los precios de materias primas, de las corrientes financieras, comerciales o de inversión cada vez más internacionalizadas.
Las transiciones al socialismo en las condiciones de la periferia no se asemejan en nada a las previsiones marxianas, y no pueden ser objeto para decisiones e ideas temerarias hacia “modelos de socialismo”, que terminan siendo “calcos y copias” de las experiencias del socialismo burocrático.
No es lo mismo audacia que temeridad. Desde una agenda que repita bajo el esquema de propaganda analizado por Tchakhotine (“La violación de las multitudes”), un consignismo propio de las escuelas de agitación y propaganda estalinista, no hay futuro alguno para la reinvención socialista; y lo menos malo en estas circunstancias, es cualificar un “programa mínimo de conquistas sociales” propio de un avanzado “Estado Democrático y Social”, análogo a los países con “alto desarrollo humano”.
Otro camino, sería facilitar lo peor, hacer realidad las distopias del imaginario orwelliano, mejor retratada por la novela “Nosotros” de Yevgeni Zamiatin. Los tiempos de la transición son tiempos de aprendizaje, maduración y de construcción de viabilidades. No hay necesidad de indigestiones doctrinarias, ni de sacar esta o aquella receta de baúles enmohecidos.
Hay que aligerar la carga de los sectarismos, para enfrentar los retos civilizatorios del siglo XXI: la cuestión ecológica, puesta en evidencia en los recientes informes internacionales sobre el desarrollo, advertida por comunidades intelectuales de pensamiento crítico y movimientos sociales desde décadas atrás; la cuestión del desarrollo a escala humana, pues no hay alternativa post-capitalista sin “desarrollo humano sostenible”, superando la exclusión, la terrible desigualdad, la miseria y privaciones que restringen capacidades y opciones de vida para millones de “condenados de la tierra”; la cuestión democrática como asunto de participación y empoderamiento popular, sin la cuál la democracia termina siendo un “teatro de sombras” manejado por “elites de poder”; la cuestión intercultural para el diálogo de civilizaciones, culturas y naciones; y la cuestión socioeconómica, por modelos de economía social y humana, dejando atrás falsos dilemas entre planificación centralizada y mercado, entre monopolio estatal o supremacía de las corporaciones privadas de los recursos productivos, entre la falacia desarrollista, su imaginario de opulencia, y quienes son aprendices del Ministerio orwelliano de la Abundancia (Minindacia), encargado de que la gente viva en escasez, al borde de la subsistencia, presionados por la clientelización de sus necesidades fundamentales.
El asunto de la transición no remite a debates estériles entre sectarismos trotskistas, estalinistas, leninistas, maoístas, guevaristas, y demás variantes derivadas de la revolución teórica marxiana. El asunto es la reinvención del patrimonio crítico del ideario socialista, democrático y libertario en su conjunto. Para provocar no solo un movimiento de “aceleración evolutiva” en los términos de Darcy Ribeiro, sino un salto civilizatorio frente a la barbarie, que se ha instalado imperceptiblemente y a cámara lenta desde tiempo atrás.
El balance de inventario sugiere la necesidad de la articulación de “capacidades políticas, científicas, técnicas y humanísticas”, del acuerdo de actores, movimientos y fuerzas sociales mostrando disposición al aprendizaje, a la creación, a la crítica. La existencia de premisas políticas e institucionales para abordar el debate socialista es solo un diminuto eslabón de esfuerzos más amplios, para ampliar los espacios de libertad, de cara a principios y valores irrenunciables presentes en la Constitución de 1999.
El eslabón clave de este proceso no es el adoctrinamiento difusionista, ni el monopolio estatal de medios de producción, ni la degradación de la esfera pública y del espacio político a simple politiquería de ventajas tácticas y cortoplacismo. Las ideas para una democracia socialista son eslabones claves de la transición. No es lo mismo un proceso popular constituyente, participativo y protagónico, que la “acción de gobierno”, pues los limites del aparato administrativo (incluso funcionando como una aceitada burocracia weberiana) no pueden sustituir jamás la construcción de una voluntad colectiva nacional-popular para el cambio.
Sin la superación del imaginario del colectivismo burocrático, despótico, oligárquico, retratada en el 1984 de Orwell, o en el originario “Nosotros” de Yevgueni Zamiatin, cualquier transición socialista no deja de ser una simple impostura.

martes 8 de septiembre de 2009

ATILIO BORON: SOCIALISMO SIGLO XXI. LA PROPIEDAD SOCIAL MÁS ALLÁ DEL CAPITAL

Javier Biardeau R.
La convocatoria a construir el socialismo del siglo XXI, ha replanteado los debates sobre caminos, tiempos y alianzas para forjar una sociedad no capitalista. Esta discusión se reactualiza cuando la mayor parte del progresismo se define como post-capitalista o post-neoliberal, pero omite cualquier referencia explícita, así sea tangencial, a “modelos de socialismo” como alternativas históricas a la civilización del Capital.
El poder mediático ha logrado desacreditar cualquier imagen positiva de este proyecto estratégico, mientras las fuerzas populares buscan un norte para avanzar en las luchas sociales contra-hegemónicas. Inclusive, los sectores intelectuales de izquierda, que en apariencia cuestionan radicalmente al mismo poder mediático, ven alineadas sus actitudes con las matrices dominantes de opinión, al censurar sutilmente cualquier referencia al socialismo por considerar que existen equivalencias automáticas entre el significante socialismo y las experiencias despóticas del colectivismo oligárquico.
En gran medida, existe una responsabilidad silenciada de muchos intelectuales, en aceptar las equivalencias y significaciones dominantes de la nominación "socialista" con los procesos históricos de transición post-capitalistas que se alejaron en cuestiones esenciales de los ejes de cualquier proyecto socialista, evaluados a la luz de las fuentes teoóricas clásicas, y frente a las expectativas, aspiraciones y necesidades radicales de socialización y democratización de las matrices del poder social. Lucha contra la explotación del trabajo, contra la coerción política, contra la hegemonía ideológica, contra las desigualdades, injusticia, exclusión y marginación social, contra la negación cultural, son algunos de los ejes de la lucha contrahegemónica en la construcción del imaginario crítico socialista
1.- ¿SOCIALISMO DEL SIGLO XXI?
Sobre la nominación de "socialismo del siglo XXI" existe una polémica que puede llevar a genealogías históricas que resultan de interés para despejar el asunto de las diversas "autorías", y las determinaciones de los campos intelectuales y políticos.
Puede atribuírsele a Alexander V. Buzgalin en el texto El futuro del socialismo, uno de los aportes sobre los valores de la democracia y del socialismo, que buscan vías de renovación de la teoría comunista y socialista." (Buzgalin, 2000, 7). Resalta de Buzgalin la centralidad de la democracia de bases y la autoconciencia crítica de que las severas restricciones de democracia, llevaron al traste la experiencia de transición postcapitalista en el campo soviético.
El futuro del socialismo de Alexander V. Buzgalin es del año 1996, lo cual coincide temporalmente con los trabajos del científico social mexicano-alemán Heinz Dieterich. Alexander V. Buzgalin ha expresado que:
“El socialismo, a fines del siglo XX, perdió con el capitalismo incluso en el terreno de la teoría. Sin jugar hasta el final este "partido"; sin dar una explicación - suya - más precisa, más perspectiva, de las leyes del actual mundo global que las elaboradas por el liberalismo burgués y por el post-modernismo; sin repensar dialécticamente (de manera positiva, que conserve lo positivo) y criticando al Marxismo, sin crear una teoría del socialismo del siglo XXI, marcharemos como a ciegas, por el método de pruebas y errores y … perderemos”(Buzgalin, 2000, 5)
Por otra parte, Heinz Dieterich planteó hace ya algunos años que, por las mismas características de la génesis de la Revolución Bolivariana, no existe una "vanguardia colectiva" ni "cuadros medios" adecuados en Venezuela que pudieran ayudar a la población en el debate de estos conceptos.
Ambos autores perciben una debilidad de la tradición socialista, si ésta no entra en un franco proceso de rectificación/reinvención adecuada a las exigencias del nuevo momento histórico. Dieterich plantea que sus ideas se derivan de discusiones en la Escuela de Bremen (RFA), al igual que la obra de la Escuela de Escocia, vinculado al Partido Socialista de los trabajadores. Así mismo, en Dieterich, existe un fuerte énfasis en la postulación del "carácter científico" de su propuesta, justificando una nueva versión del "socialismo científico", desde los supuestos y premisas, del enfoque de los sistemas dinámicos complejos y la cibernética aplicada a los procesos de control y manejo de la información (Dieterich, 2002, 33-36).
En este punto, es necesario reconocer los aportes de la llamada escuela económica de Edimburgo y su texto "El Nuevo Socialismo" de W. Paul Cockshott y Allin Cottrell (1993), donde se debaten las tensiones entre planificación y mercado; así como los límites de la propuesta de la democracia social de bienestar en el marco del capitalismo.
Tanto Dieterich, Buzgalin como W. Paul Cockshott y Allin Cottrell (1993) parten del reconocimiento de fallas conceptuales y estratégicas decisivas en la tradición socialista revolucionaria para proponer una alternativa deseable, posible y factible para el siglo XXI.
Desde las referencias teóricas del maestro Lukacs, István Meszaros en su texto Más allá del Capital. Hacia una teoría de la transición (1995; 2001) prefigura un monumental esfuerzo, riguroso y consistente, para indagar las condiciones de una transición que desafíe lo que ha denominado el "orden de la reproducción metabólica social del capital". Para Meszaros, la conjunción del "brazo industrial" y del "brazo político" implica la reconstitución de la unidad entre una "izquierda social": clases dominadas y una izquierda política: partidos revolucionarios, reconociendo el pluralismo de los constituyentes colectivos, la unidad de acción y la afinidad de principios socialistas, planteando la centralidad del eje del trabajo en cualquier propuesta de transición viable.
Así mismo, existen tres referencias teóricas complementarias para abordar la discusión del nuevo socialismo para el siglo XXI. En primer lugar, los trabajos de Toni Negri alrededor del concepto de poder constituyente y multitud. En segundo lugar, la reestructuración de la estrategia socialista a partir de la idea-fuerza de "radicalización de la democracia", junto a la centralidad de las luchas hegemónicas de Ernesto Laclau, la crítica a la "democracia liberal" como fetichismo democrático, de Chantal Mouffe; los trabajos de James O´Connor, Göran Theborn, Perry Anderson y de Nicos Poulantzas en su trabajo: Estado, Poder y Socialismo; y finalmente, el trabajo póstumo de Ralph Miliband: “Socialismo para una época de escépticos”.
Un proceso de transición post-capitalista se defina por: a) una democratización que vaya más allá de lo que puede ofrecer la democracia capitalista; b) una atenuación radical de las inmensas desigualdades de todo tipo que forman parte de la democracia capitalista, lo cual implica una justicia social e igualdad sustantiva; c) la socialización de una parte predominante de los medios de actividad económica (Miliband, 1997, 7).
Antes del año 2004 en Venezuela, las orientaciones fundamentales de la "Revolución Bolivariana" se ubican, reconociendo el papel de los discursos de Chávez y los contenidos del debate constituyente en 1999, en la Agenda Alternativa Bolivariana y en el documento-base de lo que posteriormente fecundará los lineamientos estratégicos del plan 2001-2007: "Una Revolución Democrática. La propuesta de Hugo Chávez para transformar a Venezuela".
Desde 1998 hasta la coyuntura crítica del año 2003, la visión del proyecto estratégico-nacional seguía articulada, en el plano de las transformaciones económico-sociales, a una suerte de "Tercera Vía" socialdemócrata renovada, mezclada con una interpretación del "desarrollo desde dentro" afina los trabajos del grupo de Osvaldo Sunkel, del neo-estructuralismo Cepalino adecuada a las particularidades de la sociedad venezolana.
Luego de la coyuntura del golpe de estado del 11 de abril, y a partir del referendo revocatorio, se aceleró la busqueda de nuevas referencias y políticas. Con la discusión del Taller de Alto Nivel-Nuevo Mapa Estratégico, realizada el 12 y 13 de noviembre de 2004 en Caracas, se establecieron los diez objetivos de la "Nueva Etapa", y aparece una clara orientación de socialización del poder social como proyecto estratégico nacional.
En el Nuevo Mapa Estratégico, se prefiguraron cambios significativos en relación con las alternativas de profundización y radicalización de la Revolución Democrática y Social. Tardarán sólo dos meses para que en el contexto del acto de instalación de la IV Cumbre de la Deuda Social, el 25 de febrero del año 2005, Chávez llame a inventar el socialismo del siglo XXI.
Tras seis años de gobierno, Chávez definió explícitamente su proyecto político como "socialista". En el mismo acto, Chávez afirmó que: “Aquí en Venezuela estamos haciendo el esfuerzo por construir un modelo alternativo al capitalista, pero con el pueblo al frente, reiterando sus críticas a las condiciones injustas que se imponen a los países pobres para el pago de sus deudas externas, y cuestionando los tratados de libre comercio, que consideró una forma de neocolonialismo”.
Puede observarse que no existen criterios únicos entre los discursos políticos de Chávez, y que existe apertura a los diversos planteamientos teórico-críticos sobre el "socialismo del siglo XXI". Al parecer, el carácter experiemental, de "work in process" del pensamiento revolucionario de Chávez, está asociado a la fluidez del proceso de transformaciones, identificándose algunos principios político-normativos generales, cuya aplicación y despliegue en las políticas gubernamentales depende de las circunstancias concretas.
Las formaciones de discurso sobre el "socialismo del siglo XX" emergen y se articulan a divresas procedencias cuyas condiciones históricas de enunciación particulares desbordan cualquier hipótesis sobre un "genio creador". No hay un único nodo intelectual de referencia par el socialismo del siglo XXI.
Sobre Heinz Dieterich, es posible rastrear en sus textos anteriores: El fin del capitalismo global: el nuevo proyecto histórico (2000), La cuarta vía al poder (2000) y Bases del nuevo socialismo (2001), los indicios de un nuevo horizonte de interpretación y relanzamiento de proyecto socialista, cuyo eje es la fijación como idea-fuerza de los movimientos alternativos frente al (des)orden neoliberal: la democracia participativa o la democracia de base. Su concepto central es la idea de un Nuevo Proyecto Histórico (N.P.H.) para América Latina y el Caribe como Bloque Regional de Poder (B.R.P) Para Dieterich, al que hay que reconocerle su capacidad de innovación a pesar de cualquier desacuerdo o desencuentro, los términos Democracia Participativa, Nuevo Socialismo y Nuevo Proyecto Histórico son sinónimos.
No dejan de ser significativos los esfuerzos de la intelectual chilena Martha Harnecker, sobre todo su texto “La izquierda en el umbral del siglo XXI” (1999), así como los trabajos de Isabel Rauber: América Latina. Poder y socialismo en el siglo XXI (2006) y Michel Lebowitz: Construyámoslo ahora. El socialismo para el siglo XXI (2006), donde es posible identificar problemáticas muy similares a las anteriores.
Temas como la evaluación histórica de las debilidades, fallas, ausencias, errores y deformaciones del "Socialismo Realmente Existente" (Bahro, 1979), y sobre la renovación de los planteamientos de la izquierda histórica que vaya "más allá del capital" en el contexto de la globalización neoliberal. Así mismo, hay contribuciones en el intelectual Tomas Moulian en su texto El socialismo del siglo XXI. La Quinta Vía (2000), sedimentada a partir de su militancia en el Partido Comunista Chileno y su vinculación política con Gladys Marín, ex candidata presidencial del PC chileno.
También hay un conjunto intelectuales de la talla de Viviane Forrester, Ignacio Ramonet, Noam Chomsky, Michel Albert, Michel Lebowitz, István Mészáros, Francois Houtard, Samir Amin, Juan Carlos Monedero y Michel Löwy, entre otros, que han venido contribuyendo al debate en curso; así como activistas y militantes de la corriente que anima la "International Marxist Tendency" de Alan Woods.
Hay multiples contribuciones para el debate, como las de Toni Negri, Ernesto Laclau, Boaventura de Sousa Santos y el filósofo Gianni Vattimo, que con su texto Ecce Comu ha articulado el discurso posmodernismo a la tradición comunista y católica libertaria. Surgen nuevos tópicos con la crítica a la Modernidad occidental, o Modernidad-colonialidad en el grupo des-colonial donde partipan entre otros Anibal Quijano, Walter Mignolo, Enrique Dussel y Edgardo Lander. También comienza ha aparecer referencias al Eco-socialismo, desde las ideas seminales de Michel Löwy, desde el paradigma estético y ecosófico del grupo que gira alrededor de la obra de Feliz Guattari, y desde quienes hablan de "Des-crecimiento" como Rigoberto Lanz.
Junto a todo este compleja red de nodos intelectuales, se encuentran diversos activistas, movimientos sociales y partidos políticos del Foro Social Mundial y del llamado Foro de Sao Paulo, el Movimiento Sin Tierra, los diferentes foros del Tercer Mundo, y la red de movimientos alter-mundistas, donde es posible encontrar lecturas abiertas del marxismo, estudios postcoloniales, pensamientos críticos latinoamericanos, asiáticos y africanos, posmodernismos libertarios, así como el importante aporte de las filosofías de la liberación (Dussel, 2006).
No existe un único autor de referencia exclusivo para el debate sobre el "Nuevo Socialismo del siglo XXI", sino que existe un ambiente donde convergen diferentes iniciativas intelectuales, sociales y políticas que pretenden cuestionar la hegemonía de la globalización imperial-neoliberal a escala mundial, y que han definido en su agenda temática la tarea de indicar vías deseables, posibles y factibles de transición hacia un "Nuevo Socialismo" que se define como una opción para rebasar históricamente el modo de vida de la civilización capitalista para el siglo XXI.
Entre las referencias latinoamericanas más importantes, directamente animadas a contribuir al éxito de nuevos referentes socialistas revolucionarios se encuentran: Claudio Katz, Atilo Boron, Néstor Kohan y Fernando Martínez Heredia, articulados a una relectura heterodoxa y critica de la filosofía de la praxis; es decir, del pensamiento marxiano.
Lo interesante de todas estas contribuciones para el futuro del socialismo en América Latina y el Caribe es la ebullición de las ideas, más allá de los estrechos moldes doctrinarios que dominaron la escena ideológica de las fuerzas políticas de izquierda por muchos años. Gradualmente se ira sedimentado todo un debate entre intelectuales críticos en el seno de los movimientos populares y sociales, con las fuerzas políticas y gobiernos, para ir construyendo las mediaciones institucionales, técnicas y políticas que permitan formular y ejecutar políticas públicas de contenido socialista. Pero lo mas significativo es que el debate ha comenzado, que hay una rica agenda teórica y política en puertas.
2.-SOBRE ATILIO BORON: PROPIEDAD SOCIAL Y SOCIALISMO SIGLO XXI:
En este ultimo aspecto otorgamos significación a las ideas de Atilio Boron en su nuevo texto “Socialismo siglo XXI ¿Hay vida después del neoliberalismo?”. Una contribución de altísimo valor intelectual y político para la nueva coyuntura. Sobre todo para considerar las ideas acerca de los cambios en los regímenes de propiedad y sobre la democracia en las transiciones al socialismo.
Plantea Boron, por ejemplo: “(…) La propuesta de avanzar en la construcción del socialismo del siglo XXI es una invitación que no debe ser desechada. Claro está que, en el terreno económico, se trata de un socialismo superador de la anacrónica antinomia “planificación centralizada o mercado incontrolado” y que, en cambio, abre espacios para la imaginación creadora de los pueblos en la búsqueda de nuevos dispositivos de control popular de los procesos económicos, dotados de la flexibilidad suficiente para responder con rapidez al torrente de innovaciones que día a día modifica la fisonomía del capitalismo contemporáneo.”
Dice Boron: “Un socialismo que potencie la descentralización y la autonomía de las empresas y unidades productivas y, al mismo tiempo, haga posible la efectiva coordinación de las grandes orientaciones de la política económica. Un socialismo que promueva diversas formas de propiedad social, desde empresas cooperativas hasta empresas estatales y asociaciones de estas con capitales privados, pasando por una amplia gama de formas intermedias en las que trabajadores, consumidores y técnicos estatales se combinen de diversa forma para engendrar nuevas relaciones de propiedad sujetas al control popular.”
Todo esto lo dice con conocimiento histórico de causa: “Uno de los problemas más serios que tuvo la experiencia soviética, y todas las que en ella se inspiraron, fue el de confundir propiedad pública con propiedad estatal. Uno de los desafíos más grandes del socialismo del siglo XXI será demostrar que existen formas alternativas de control público de la economía distintas a las del pasado. Pero es preciso tener en claro que, tal como lo dijera en su tiempo Rosa Luxemburgo, el futuro, especialmente para los sobrevivientes del holocausto social del neoliberalismo, es el socialismo o, en caso de que no logremos construirlo, lo que resta es ser testigos de la perpetuación y agravamiento de esta barbarie que pone en peligro la sobrevivencia misma de la especie humana. Estamos ante una situación crítica en la cual, como dijera Simón Rodríguez, “o inventamos o erramos”.
Plantea Boron: "No hay modelos por imitar. El neoliberalismo impuso el “pensamiento único” sintetizado en la fórmula del Consenso de Washington. Pero hay otro “pensamiento único”: el de una izquierda detenida en el tiempo y que carece de la audacia para repensar y concretar la construcción del socialismo rompiendo los moldes tradicionales derivados de la experiencia soviética. ¿Por qué no pensar en un ordenamiento económico más flexible y diferenciado, en el que la propiedad estatal de los recursos estratégicos y los principales medios de producción –cuestión esta no negociable– conviva con otras formas de propiedad pública no estatal, o con empresas mixtas en las que algunos sectores del capital privado se asocien con corporaciones públicas o estatales, o con firmas controladas por sus trabajadores en asociación con los consumidores, o con cooperativas o formas de “propiedad social” de diverso tipo –como las que se están impulsando en la Venezuela bolivariana– pero ajenas a la lógica de la acumulación capitalista?”
Reconoce Boron que no se trata de un experimento sencillo. Que está sujeto a múltiples contradicciones, pero “¿quién dijo que la construcción del socialismo sería, como en su momento lo observara Lenin, algo tan simple como bajarse de un pulcro tren alemán cuando un no menos atildado conductor del convoy anunciase: “¡Estación de la revolución socialista. Todos abajo!”.
Para Boron, estas ideas sobre la propiedad social dependen de un Estado políticamente fuerte, dotado de una gran legitimidad popular y muy bien organizado. Concebir el socialismo como un dogma inalterable no sólo en el plano de los principios, lo que está bien, sino también en el de los proyectos históricos, lo que está mal– salta a la vista, porque "significaría la consagración de un suicida inmovilismo, la negación de la capacidad de autocorrección de los errores y una renuncia al aprendizaje colectivo, condiciones estas imprescindibles para el permanente perfeccionamiento del socialismo."
Boron cita acertamente a Marx y Engels en La ideología alemana, texto que por cierto, no había sido analizado por los ortodoxos bolcheviques: “(...)para nosotros el comunismo no es un estado de cosas que debe implantarse con arreglo a unas premisas imaginadas, o un ideal al que ha de sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual” (Marx y Engels, 1968: 54).
"Ideas sociales en movimiento", diría Simón Rodriguez.
En otro pasaje de ese mismo libro, y utilizando la guia de Mar, afirma que “la revolución social del siglo XXI no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. La revolución del siglo XXI debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido” (Marx, 1973).
Refiriéndose a Cuba y el devenir de su proceso de transición al Socialismo, dice Boron: En la actualidad, la legitimidad de la Revolución descansa sobre dos pilares: el liderazgo de Fidel, como heredero indiscutible del legado martiano, y los logros obtenidos especialmente en los campos de la salud y la educación. Pero ninguno de estos dos pilares es eterno y, como afirmara el propio Fidel, una revolución como esta, que ha probado ser imbatible desde afuera al resistir medio siglo de agresión imperialista, podría llegar a sucumbir producto de sus propios errores; o a suicidarse si no tiene la audacia necesaria para encarar los cambios que se requieren para garantizar su supervivencia y la consolidación del socialismo.
Boron cita un interesante texto de Fernando Martínez Heredia, "El corrimiento hacia el rojo", el cual permite penetrar en el análisis de los problemas más urgentes y graves de la Cuba actual (Martínez Heredia, 2001).
Como para profundizar el debate, alejándose de estériles descalificaciones que no contribuyen a pensar en profundidad los retos del socialismo para el siglo XXI. El debate ha comenzado, y hay que estar atentos a nuevos aprendizajes para la construcción del nuevo socialismo.
Para seguir leyendo, analizando y discutiendo en colectivo:
1. Amin, Samir (2004): Más allá del capitalismo senil. Buenos Aires, Editorial Paidós.
2. Arrigí Giovanni, Terence Hopkins e Inmanuel Wallerstein (1999): Movimientos anti-sistémicos. Madrid, Editorial AKAL.
3. Bahro, Rudolf (1977):. La alternativa. Contribución a la crítica del socialismo realmente existente, Madrid, Alianza Editorial.
4. Boron, Atilio: Socialismo Siglo XXI ¿Hay vida después del neoliberalismo?
5. Buzgalin, Alexander V. (2000): El Futuro del Socialismo. Disponible en http://www.rebelion.org/libros/elfuturodelsocialismo.pdf
6. Cerroni, Humberto (1979). Problemas de la transición al Socialismo, Barcelona, Editorial Crítica.
7. Cockshott, Paul W. y Cottrell, Allin. (1993). Hacia un NUEVO SOCIALISMO. Disponible en : http://www.puk.de/download/New_Socialism.pdf
8. Dieterich, Heinz (2002): El Socialismo Del Siglo XXI, disponible en: http://www.puk.de/download/elsocialismo.pdf
9. Dieterich, Heinz (2003): "Tres criterios Para definir una economía socialista", Utopía y Praxis Latinoamericana. Año 8, No. 20 (2003), pp. 117-132. Disponible en: http://www.serbi.luz.edu.ve/pdf/upl/v8n20/art_08.pdf
10. Dussel, Enrique (2006): Veinte Tesis de política,. México, Siglo XXI.
11. Harnecker, Marta. (1999): Haciendo posible lo imposible: La izquierda en el umbral del siglo XXI. Disponible en: http://168.96.200.17/ar/libros/martah/posible.rtf
12. Harnecker, Marta. (2004): Venezuela: Una revolución sui generis. Ponencia para el Seminario de LAC (Foro Social MUNDIAL III) Disponible en: http://168.96.200.17/ar/libros/martah/suigen.doc
13. Katz, Claudio 2004a El porvenir del socialismo (Buenos Aires: Herramienta).
14. Katz, Claudio 2006 “Socialismo o neo-desarrollismo” en 28 de noviembre.
15. Kohan, Néstor 2002 Marx en su Tercer Mundo. Hacia un socialismo no colonizado (Buenos Aires: Biblos).
16. Laclau Ernesto y Chantal Mouffe (1987): Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia, Madrid, Siglo XXI.
17. Lebowitz, Michael. (2006, a): A Reinventar El Socialismo. Disponible en: http://www.gritodosexcluidos.com.br/documentos/15_reinventar_el_socialismo.pdf
18. Lebowitz, Michael (2006, b). El Socialismo del siglo XXI: ¿Qué es el Socialismo? Congreso Bolivariano de los Pueblos. Disponible en:http://www.ts.ucr.ac.cr/binarios/reconcep/reconc-00105.zip
19. Mariátegui, José Carlos. Ideología y Política.
20. Martínez Heredia, Fernando 2001 El corrimiento hacia el rojo (La Habana: Letras Cubanas).
21. Meszaros, István (1995): Beyond Capital: Towards a Theory of Transition. Nueva York: Monthly Review Press. En español (2001). Más allá del Capital: hacia una teoría de la transición. Valencia: Vadell-Hermanos.
22. Meszaros, István (2005): Socialismo o Barbarie. La alternativa al orden social del capital. Ediciones de la Presidencia de la república Bolivariana de Venezuela, Pasado y Presente XXI. Ediciones Emancipación-Congreso Bolivariano de los pueblos. México.
23. Miliband, Ralph (1997): Socialismo para una época de escépticos. México: siglo XXI.
24. Monedero, Juan Carlos 2005 “Socialismo del siglo xxi: modelo para armar y desarmar” en Red Voltaire. En http://www.voltairenet.org/ 16 de septiembre.
25. Moulian, Tomas (2000): Socialismo del siglo XXI. La Quinta Vía. Santiago: LOM.
26. Negri Antoni (1994): El Poder constituyente. Ensayo sobre las alternativas de la modernidad. Libertarias/Produfi.
27. Negri Antoni y Michael Hardt (2007): Multitud. Guerra y democracia en la era del Imperio. Caracas, Editorial Melvin C.A.
28. Poulantzas, Nicos (1979) estado, poder y socialismo. Siglo XXI. Madrid.
29. Rauber, Isabel (2006). Poder y Socialismo en el siglo XXI. Caracas. Vadell hermanos Editores. Caracas.
30. Rodríguez Garavito, Cesar, Barret, Patrick y Daniel Chávez (2005) La nueva izquierda en AméricaLatina. Sus orígenes y trayectoria futura. Editorial Norma. Bogota.
31. Schaff, Adam (1983). El comunismo en la encrucijada. Barcelona: Crítica Grijalbo
32. (1996) Agenda Alternativa Bolivariana. Una propuesta patriótica para salir del laberinto.
33. (1998) Una Revolución Democrática. La propuesta de Hugo Chávez para transformar a Venezuela
34. (2004) Taller de Alto Nivel-Nuevo Mapa Estratégico realizada el 12 y 13 de Noviembre de 2004 en Caracas.
35. (2007) Hugo Chávez. El Discurso de la Unidad. Ediciones Socialismo del siglo XXI.
36. (2007) Poder Popular: Alma de la democracia revolucionaria. Juramentación del Consejo Presidencial para la Reforma Constitucional y del Consejo Presidencial del Poder Comunal.
37. (2007) Primer Proyecto Nacional Simón Bolívar.

¿SOCIALISMO-SIGLO XXI?: EL DEBATE COMIENZA A TOMAR FORMA

Javier Biardeau R.

Ya las aproximaciones preliminares, descriptivas y esquemáticas sobre la transición hacia el "Socialismo del siglo XXI", comienzan a tomar forma. Diversos posicionamientos comienzan a plantear observaciones, acuerdos y desacuerdos, ideas e incertidumbres, con sus puntos fuertes y débiles. Viejas certezas lucen derruidas, nuevas cajas de herramientas son apenas esbozos, no hay recetas, guiones ni manuales, se activa una matriz generativa de ideas desde multiples nodos intelectuales y políticos.

Es muy positivo el debate, asumido como polémica dialógica en el campo nacional-popular en América Latina y el Caribe, tan cargado de una variopinta muestra de recepciones político-culturales del ideario socialista, y en particular de las ideas marxianas y sus diversas codificaciones. Pero el asunto va por los lados del pluriverso socialista descolonizador, un campo mucho mas vasto de proyecciones.

Un debate que traspasa muros intelectuales, que coje calle, que se hace rumor y género de discurso-otro, que toma por asalto espacios mediaticos vedados, que se disemina entre las propias fuerzas armadas. Los factores de poder reconocen al nuevo fantasma, tratan de controlar sus perfiles con diversas estrategias. El Imperio activa la alarma, y despliega sus conocidas tacticas de contención. El socialismo del siglo XXI aparece como un nuevo fantasma que recorre el mundo. Oliver Stone difunde otra narrativa audiovisual, la oligarquia luce preocupada.

Desde el pensamiento comunero nuestro-americano articulado al ethos de las comunidades indígenas, cimarronas, incluyendo la inculturación del cristianismo liberador que incluye la seminal postura de indignación del Bartolomé las Casas ante la bestial conquista y colonización, empujando siempre el espiritu de la teología de la liberación, pasando por el utopismo socialista del siglo XIX, asimilando las primeras recepciones del anarquismo, el socialismo liberal y el marxismo de la II internacional, hasta llegar al debate que fecunda las corrientes radicales de la Revolución mexicana, hay un claro proceso de diálogo polémico sobre la posibilidad de las utopías concretas como corrientes históricas de nuestra América.

El impacto de la Revolución Rusa sobre el mundo, y específicamente sobre América Latina, con la bolchevización creciente de los sectores de izquierda radical, unos mas ortodoxos, otros mas heterodoxos, ilustrado en los pensamientos de Ponce, Recabarren y el joven Mella, así como en la construcción autónoma del lenguaje del “marxismo latinoamericano” (batiéndose en la encrucijada entre el Europeísmo y los populismos reformistas como el APRA) en la obra de José Carlos Mariátegui, significaron un cuadro de tendencias, los actores fuerzas y movimientos del tránsito en medio de la primera crisis de 1930.

Ya ahondadas las diferencias entre la II internacional y la III internacional, en medio de la terrible "primera guerra mundial", las proyecciones de este debate tendrán poderosos condicionamientos sobre el campo nacional-popular latinoamericano y caribeño, cuyas matrices político-culturales siguen atravesadas por las contradicciones de la dialéctica entre civilizaciones, culturas, naciones y clases sociales. La Guerra, la Revolución Rusa, el ascenso del fascismo, la consolidación del estalinismo y el estallido de la "segunda guerra mundial", conforman un cuadro de grandes dificultades para seguir la senda abierta por el marxismo heterodoxo, crítico y revolucionario de Mariátegui. Predomina la burda conversión de los partidos comunistas a apendices subordinados a las exigencias de la URSS estalinista.

En Venezuela, las disputas por la construcción de un “partido único de izquierdas” expresan la compleja dialéctica entre corrientes culturales y tendencias ideológicas para darle forma a un Proyecto Nacional que responsa a exigencias de democracia, soberanía y justicia social, en las cuales la conformación del PDN y del PRP son solo pequeñas muestras de lo que serán a la postre los partidos históricos del país: PCV, AD, URD y COPEI, para dar luego paso a tantas recomposiciones y divisiones de la izquierda política, que han marcado no solo herramientas teóricas o conceptuales, sino afectos y pasiones, encuentros y desencuentros, simpatias y antipatias.

No puede olvidarse el impacto que juega desde 1924 la reorganización de la estructura de mando en la URSS, el exilio y posterior asesinato de Trotsky, las disputas internas en el seno del PCUS hasta llegar a la hegemonía estalinista, tan cara a los movimientos populares de América Latina y el Caribe. El debate sobre el socialismo del siglo XX estuvo marcado hasta la entrada en escena de la Revolución china por los alineamientos y distanciamientos con los grandes debates del socialismo en el continente europeo entre 1920 y 1935.

La lucha entre la hegemonía estalinista y el emergente maoísmo tuvo sus expresiones en partidos comunistas latinoamericanos, cuya eclosión coincide con los antecedentes inmediatos de la Revolución Cubana, los sucesos de Yugoslavia, Hungria, y luego de la muete de Stalin, las políticas del XX congreso del PCUS en 1960. En América Latina y el Caribe, la hegemonía estalinista significó la diseminación teórica de la dogmatica del marxismo-leninismo en las versiones ya constituidas por Bujarin, Stalin y los funcionarios de la lucha contra cualquier marxismo heterodoxo, crítico y revolucionario (como Lukacs, Korsch, Luxemburgo, y posteriormente Gramsci), en la pluma de Deborin y tantos otros, así como la persecución de cualquier síntoma de trotskysmo.

Es la Revolución cubana, con la eclosión del movimiento nacional-popular antiimperialista del 26 de Julio quien crea un clima propicio para que diversas corrientes revolucionarias se articulen bajo nuevos parámetros de unidad, conservado sus perfiles diferenciados. Ya no es tiempo de los frentes populares, sino de las coordinadoras revolucionarias de masas, de la proyección del castrismo y del guevarismo, del mensaje a la Tricontinental de la incorporación del cura Camilo Torres a la lucha armada.

En Chile se ensaya las más inédita transición pacífica, electoral y democrática al socialismo bajo el liderazgo de Allende y, con la experiencia de gobierno de la UP, que será ahogada en sangre por el imperialismo y sus lacayos oligárquicos, siguiendo los pasos que desde 1964 inauguraron las Dictaduras de Seguridad Nacional en América Latina.

Sin embargo, en el trasfondo de la lucha política, el cuadro de fragmentación de tendencias ideológicas, las inculpaciones sobre retrocesos y derrotas, debilitó las fuerzas políticas revolucionarias y la unidad del campo nacional, popular, democrático. Comienza la larga noche de los Terrorismos de Estado, el reconocimiento y aprendizaje de los nucleos perdidos de la democracia política en el proyecto socialista, que tantas debilidades mostraba desde la propia liquidación de Lenin de las fracciones internas, de la consolidadción de una revolución sin democracia socialista. Se había perdido desde muy atrás el "hilo de ariadna" de la emancipación. El trabajo era arduo entonces y arduo ahora.

Por otra parte, las nomenclaturas políticas social-reformistas y conservadoras capitalizaron las fracturas, retrocesos y la descomposición ideológica de las izquierdas revolucionarias latinoamericanas. Desde 1935 hasta el golpe militar contra Allende el 11 de septiembre de 1973, el movimiento democratico, nacional, popular, revolucionario llevaba a cuestas el pesado morral del estalinismo. Con ese lastre era muy dificil luchar.

Y fueron las luchas populares, democráticas, antiimperialistas y revolucionarias centroamericanas en los años 80, el aliento de esperanza de una época de repliegue, de desencanto, de Terrorismo de Estado (abierto o encubierto contra la izquierda insurgente), con una extensión de reconversiones ideológicas, que pasaron por los peajes del eurocomunismo hasta aterrizar en los nichos ideológicos de la II internacional socialdemócrata. Los vientos de cambio de los 60, los sucesos de 1968 en la propia América Latina, hasta llegar al colapso de la URSS no solo significó rupturas de paradimas, de certezas y herramientas, sino que aceleró descentramientos, desafiliaciones y reconversiones.

Luego, de los aparentes aires revisionistas del eurocomunismo se pasó a la cooptación neoliberal y sus reformas del Estado, con sus cambios estructurales del modelo económico populista-redistributivo. La larga noche neoliberal significó para el campo nacional-popular, el paso a una latencia en los valores refugio ya milenarios, patrimonios que han acompañado la memoria de luchas y de esperanzas nacional-populares. Los movimientos sociales, de derechos humanos, estudiantiles, de mujeres e indígenas, a pesar y más allá de las nomenclaturas políticas de antaño, con sus resquemores, mezquindades y sectarismos, lograron labrar la multitud popular emergente de las luchas anti-neoliberales.

El estallido zapatista, el Caracazo, trunfos electorales en municipios y departamentos en toda América Latina, y luego las rebeliones militares bolivarianas reforzaron una corriente insurgente ante el descalabro de las izquierdas históricas, muchas derrotadas, otras divididas, otras buscando cargos y prebendas, a punta de delaciones burdas o académico-sutiles, bajo el mecenazgo de las clases dominantes.

Es allí donde los llamados giros a la izquierda, la significación del trabajo desplegado por el Foro de Sao Paulo desde antes, el reagrupamiento de tendencias y fuerzas en nuevas esperanzas de emancipación, da lugar a un nuevo terreno ideológico, político, social y cultural que es la plataforma de cualquier discusión sobre el “Socialismo-siglo XXI”. Y ha sido en el contexto de la "Revolución Bolivariana" impulsada por el gobierno del presidente Hugo Chávez Frías en Venezuela, que el término “Socialismo” cobro renovada actualidad, más allá de los eufemismos que circunnavegan con muestras de sutil repudio el imaginario socialista: post-capitalismo, tercera vía, centro radical, etc, y más allá de las evidentes debilidades, deficiencias y desvarios.

Mientras algunos abandonan cualquier narrativa de emancipación, de justicia, de liberación, en Venezuela la multitud popular que impulsó el proceso constituyente incorporando las demandas del nacionalismo democrático, revolucionario y antiimperialista en la agenda alternativa bolivariana. La radicalidad de la prefiguración del Socialismo del siglo XXI está justamente en el movimiento nacional-popular, radical-democrático y antiimperialista. Es allí donde está la fortaleza del llamado "proceso": abajo, adentro, en lo profundo del proceso constituyente.

La multitud se logra convertir en fuerza colectiva-material en tanto se articula necesidades, demandas y aspiraciones de sectores, grupos y clases subalternas, dominadas y excluidas, en pos de la superación de la globalización neoliberal capitalista. Desde allí comienza un nuevo ciclo de luchas, con nuevas composiciones sociales y de clase, que tratará ser revertido violentamente con el intento golpista del 11 de abril. Queda claro que cualquier alternativa al capitalismo neoliberal pasa no por los carriles de reformas sociales neo-desarrollistas, sino por una reinvención del socialismo.

Léase bien, reinvención de nuestro socialismo para Nuestra América nacional-popular profunda. Sin recaídas en calcos y copias, sin reminiscencias a las fracturas, desventuras y errores de la izquierda histórica revolucionaria latinoamericana. Es allí donde nace la posibilidad histórica del nuevo socialismo. No en los calcos y copias. Se trata de la conversión de la diversidad polifónica y policromática de la multitud en fuerza social y política, bajo diversas modalidades de mediación e interlocución. El reto del socialismo-siglo XXI es un reto de memoria, esperanza, utopía, pero a la vez de eficacia política, social, económica y militar. El debate comienza a tomar fuerza en medio de la ofensiva oligárquico-imperial. No es casual, ellos leen "división". Nostros debemos leer "encuentro y madurez en las diferencias".

Es tiempo de redes, de coordinaciones, de autoorganizaciones, de circulos y colectivos articulados a plataformas unitarias, de agenciamientos mucho más ricos y fecundos, incluso es tiempo de repensar la concepción del "frente único revolucionario" de Mariategui. El Amauta de Nuestra América sabía porque lo hacia. Había que enfrentar una nueva y mucho más agresiva ofensiva de la reacción.

¿Aprenderemos la lección de cara al 2010?

lunes 7 de septiembre de 2009

PLURIVERSO SOCIALISTA DESCOLONIZADOR: CRITICA RADICAL Y NUEVO PROYECTO HISTORICO

Quetzalcóatl

Javier Biardeau R.
“Ahí está Bolívar en el cielo de América, sentado aún en la Roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies. Ahí está él, calzadas aún las botas de campaña, porque lo que él no dejó hecho, sin hacer está hoy. Porque Bolívar tiene que hacer en América todavía” (José Martí)
¿Qué tiene que hacer la figura histórica de Bolívar en la América todavía? Una respuesta tentativa: apuntalar la ética de la liberación, de la justicia, de la alteridad, para la “patria grande”. Pero a la vez, asumir la radicalidad del pensamiento crítico, para no recaer en ninguna de las figuras históricas del despotismo político, intelectual y moral.
No hay oportunidad para el nuevo socialismo descolonizador sin una revolución democrática permanente, sin un proyecto de democracia participativa ejercido por las multitudes nacional-populares de Nuestra América, cuyo soporte sea una ética de la emancipación, de la justicia y de la alteridad.
Proyecto de pueblos-naciones que más allá de los dispositivos de los Estados, de sus encuadramientos y cortapisas, contribuyan al proyecto cosmopolita de la multitud emancipada contra el Imperio, de la democracia absoluta contra el despotismo oligárquico y plutocrático, reconociendo las singularidades históricas, culturales y revolucionarias.
Un llamado a la creación heroica desde múltiples voces, modelando nuevos lenguajes para la emancipación. Sin “calcos y copias” monocolores, ni “calcos y copias” de pensamientos únicos, sin “calcos y copias” del “marxismo en singular”, sin “calcos y copias” de la única voz impuesta, no solo en sus expresiones, sino es sus contenidos más profundos, desgarrando la experiencia por la intervención de la voz geocultural que bajó de las carabelas.
De allí, la radicalidad del nuevo pensamiento crítico socialista y descolonizador. Para asumir la polémica dialógica de saberes y conocimientos, la necesidad de argumentar, de comprender las diversas posiciones de las ciencias sociales e históricas críticas, de las diversas teorías contra-hegemónicas; es decir, elaboradas desde el punto de vista de las clases, grupos, sectores y etnias oprimidas.
Perspectivas contrahegemonicas que cuestionan las multiples lógicas de la dominación social, sus registros imaginarios y simbólicos. Pluralidad de voces y polifonía de la impugnacion político-cultural. Diversidad de cuerpos, pasiones y afectos.
Se requiere entonces de un pluriverso liberador para asumir una pluralidad socialista descolonizadora. Para superar el discurso moral geo-históricamente limitado de la Modernidad euro-céntrica. Bolívar en su “Carta de Jamaica”, representa un pasaje, un símbolo de las encrucijadas y tensiones de un proyecto de autoafirmación geo-histórica, en medio de incertidumbres y conjeturas. Eso lo sabe el Imperio, quién pretende desarticular día a día su potencia constituyente, intentando desfigurar, desarticular y neutralizar la memoria y esperanza de la emancipación.
Bolívar, el Libertador también exprimentó la cárcel de las redes imaginarias y simbólicas del imaginario colonial-moderno, de su situación no solo de clase, género, color de piel, sino de su posición en las encrucijadas de la geo-históricas de la política-cultura:
“Los americanos meridionales tienen una tradición que dice que cuando Quetzalcóatl, el Hermes o Buda de la América del Sur, resignó su administración y los abandonó, les prometió que volvería después que los siglos desiguales hubiesen pasado, y que él restablecería su gobierno y renovaría su felicidad. ¿Esta tradición no opera y excita una convicción de que muy pronto debe volver? ¿Concibe Vd. cuál será el efecto que producirá si un individuo, apareciendo entre ellos, demostrase los caracteres de Quetzalcóatl, el Buda del bosque, o Mercurio, del cual han hablado tanto las otras naciones? ¿No es la unión todo lo que se necesita para ponerlos en estado de expulsar a los españoles, sus tropas y los partidarios de la corrompida España para hacerlos capaces de establecer un imperio poderoso, con un gobierno libre y leyes benévolas?
Intuía Bolívar el papel del mito movilizador, pero aún desde la visión instrumental de un criollo que le hablaba a un interlocutor que representaba la autoridad político-cultural de Inglaterra. Bolívar desconocia la profundidad de los valores, ideales e imaginarios que han servido como memoria y esperanza de resistencia, custionamiento, de refugio espiritual de los pueblos-cultura oprimidos de nuestra América, cuya profundidad es Abya-Yala. Decía Mariategui:
"La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia; está en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual. Es la fuerza del Mito."
Pues la emoción revolucionaria es una emoción que religa las experiencias desde motivos que son humanos, que son sociales. Siguiendo George Sorel, Mariategui reconocía una analogía entre la religión y el socialismo revolucionario, que se propone la preparación y aún la reconstrucción del individuo para una obra gigantesca. Son los mitos revolucionarios los que mantienen la inexpugnabilidad a todo desaliento. Los "profesionales de la Inteligencia" no encontrarán el camino de la fe; lo encontrarán las multitudes. A los filósofos les tocará, más tarde, codificar el pensamiento que emerja de la gran gesta multitudinaria. ¿Supieron acaso los filósofos de la decadencia romana comprender el lenguaje del cristianismo? La filosofía de la decadencia burguesa no puede tener mejor destino, jamas comprenderán los los registros de sentido que movilizan una gesta emancipatoria. Lo que mueve a las multitudes a la espera de las nuevas situaciones, que les permitiran avanzar aunque sea un solo paso en la superación de las multiples opresiones. Decía el Bolivar criollo:
“Pero no es el héroe, gran profeta, o Dios del Anahuac, Quetzalcóatl el que es capaz de operar los prodigiosos beneficios que Vd. propone. Este personaje es apenas conocido del pueblo mexicano, y no ventajosamente, porque tal es la suerte de los vencidos aunque sean dioses. Sólo los historiadores y literatos se han ocupado cuidadosamente en investigar su origen, verdadera o falsa misión, sus profecías y el término de su carrera. Se disputa si fue un apóstol de Cristo o bien pagano. Unos suponen que su nombre quiere decir Santo Tomás; otros que Culebra Emplumajada; y otros dicen que es el famoso profeta de Yucatán, Chilam-Balam. En una palabra, los más de los autores mexicanos, polémicos e historiadores profanos, han tratado, con más o menos extensión, la cuestión sobre el verdadero carácter de Quetzalcóatl. El hecho es, según dice Acosta, que él estableció una religión cuyos ritos, dogmas y misterios tenían una admirable afinidad con la de Jesús, y que quizás es la más semejante a ella. No obstante esto, muchos escritores católicos han procurado alejar la idea de que este profeta fuese verdadero, sin querer reconocer en él a un Santo Tomás, como lo afirman otros célebres autores. La opinión general es que Quetzalcóatl es un legislador divino entre los pueblos paganos del Anahuac, del cual era lugarteniente el gran Montezuma, derivando de él su autoridad. De aquí se infiere que nuestros mexicanos no seguirían al gentil Quetzalcóatl, aunque apareciese bajo las formas más idénticas y favorables, pues que profesan una religión la más intolerante y exclusiva de las otras.”
En la Carta de Bolívar a Henry Cullen, aparecen los efectos de superficie de las realidades geohistóricas de la “América Meridional”. Huellas del colonialismo propio, que sufrirá una fáctica desgarradura en próximos eventos, pues no fue la "liberal", "moderna" y “civilizada” Inglaterra, sino Alexander Petión Papá Bon-Kè, hijo de padre francés y madre mulata, ahora Presidente de Haití, quién le prestará por segunda vez a Simón Bolívar, la colaboración necesaria para luchar contra el Imperio español. Una solidaridad con las gestas anticolonialistas y libertarias que el pueblo-nación haitiano aportó no solo los recursos financieros, sino la fuerza moral que necesitaba el Libertador para emprender la nueva batalla, no sin antes comprender que la causa no es exclusivamente la libertad de unos pocos mantuanos, sino la prefiguración de la libertad de todo un pueblo.
Se relata que Alexander Petión despide a Simón Bolívar en el puerto de Jacmel con estas palabras:
“Pido a Usted, que cuando llegue a Venezuela, su primera orden sea la Declaración de los Derechos del Hombre y la libertad de los esclavos”.
Le entrega la “Espada Libertadora de Haití”, una espada que no era de oro ni llevaba piedras preciosas, como la que la municipalidad de Lima obsequió a Bolívar a raíz de la victoria de Ayacucho, y conocida desde entonces como la “Espada del Perú” y más tarde “Espada del Libertador”. No, era una espada de un metal de excelente filo y calibrado peso, con su empuñadura de bronce que ostentaba el escudo de Haití, y que acompañó a Simón Bolívar durante toda su Gesta Libertadora. Es ésta la espada temible de Bolívar que pondrá de rodillas al Imperio Colonial de España y hará correr despavorido a los más aguerridos ejércitos. Una espada cargada de afecto negro, mestizo e indianidad. Es esta la carga histórica de la espada libertadora que quiere ser neutralizada por el Imperio.
Se trata por tanto de reconocer que el nuevo proyecto histórico socialista puede ir más allá del “Marx de las Carabelas”, del Marx incorporado y desfigurado como prótesis espiritual del mismo movimiento de coloniaje intelectual que definió los campos de la política en Nuestra América, de “marxismos históricos” cargados de voces euro-céntricas y falacias desarrollistas.
Hoy sabemos que la “falacia desarrollista” se sustenta en la creencia en la superioridad unilateral de Euronorteamérica, en considerar las trayectorias de cambio como mimetismos espirituales y caligrafías mentales, como “modernizaciones reflejas”, pues es desde el Norte, desde donde se define las significaciones imaginarias del progreso, como “destino manifiesto”, como único camino posible y deseable. Necesidad de apertura y desprendimiento del “imaginario socialista de las carabelas”, propio de un eurocentrismo excluyente, re-significado en una farsa de emancipación a través de nuevos despotismos: el estalinismo tropical del “marxismo-leninismo ortodoxo”, aquella criatura ideológica inventada en los entretelones de la realidad política del cuerpo enfermizo de Lenin, de la mano de Bujarin, Stalin, Deborín y tantos otros, tan tentados a reconvertir la dialéctica abierta en un positivismo reductor, a la multitud nacional-popular en una cifra de cálculo político para una organización única, centralizada, burocrática, vertical e impositiva, fungiendo como nuevos capataces de las haciendas esclavistas, como nuevos encomenderos que salvarán el alma popular, con su voz de mando y su látigo, para hacer trabajar y rendir utilidades en beneficio de una nueva burocracia política; otra más, luego de las anteriores conquistas y colonizaciones.
Un proyecto alienante de cabo a rabo, para hacernos creer en fin, que el tránsito al socialismo del siglo XXI debe pasar inevitablemente por una etapa de deformación burocrática del Estado obrero, por una fortaleza asediada, por una degeneración que se hará eterna y cada vez más despótica, que impide construir el movimiento comunero y subordinarlo a la máquina del Estado:
“Engels decía en su «Anti-Dühring» que, después del triunfo de la revolución socialista, el Estado había de extinguirse. Sobre esta base, después del triunfo de la Revolución Socialista en nuestro país, los dogmáticos y los talmudistas en nuestro Partido exigían que el Partido tomase medidas para acelerar la extinción de nuestro Estado, para disolver los organismos del Estado, para renunciar al ejército permanente. Sin embargo, el estudio de la situación mundial en nuestra época llevó a los marxistas soviéticos a la conclusión de que en las condiciones de cerco capitalista, cuando la revolución socialista ha triunfado en un solo país y en todos los demás domina el capitalismo, el país de la revolución triunfante no debe debilitar, sino reforzar por todos los medios su estado, los organismos del Estado, el servicio de inteligencia y el ejército, si no quiere ser aplastado por el cerco capitalista. Los marxistas rusos llegaron a la conclusión de que la fórmula de Engels se refiere al triunfo del socialismo en todos los países o en la mayoría de los países y es inaplicable cuando el socialismo triunfa en un solo país, mientras en todos los demás países domina el capitalismo. Como se ve, tenemos aquí dos diferentes fórmulas relativas a los destinos del Estado socialista, dos fórmulas que se excluyen mutuamente. Los dogmáticos y los talmudistas pueden decir que esta circunstancia crea una situación insoportable, que hay que rechazar una fórmula, por ser absolutamente errónea, y extender la otra, por ser absolutamente justa, a todos los períodos del desarrollo del Estado socialista. Pero los marxistas no pueden ignorar que los dogmáticos y los talmudistas se equivocan, pues ambas fórmulas son justas, pero no de manera incondicional, sino cada una para su época: la de los marxistas soviéticos para el período del triunfo del socialismo en uno o en varios países, y la de Engels para el período en que el triunfo consecutivo del socialismo en distintos países conduzca al triunfo del socialismo en la mayoría de los países y se creen, por tanto, las condiciones necesarias para la aplicación de la fórmula de Engels.” (Stalin; Al camarada A. Jolópov, 1950)
Cuando en la América profunda existen semillas del ethos comunitario, de la colectividad cooperante, no necesitamos de Estatismos Autoritarios, sino de Comunas liberadoras. Es en la propiedad común, social, autogestionaria de los colectivos cooperantes donde reposa la autoridad pública del socialismo libertario. En donde el socialismo desde abajo debilita la creación política de la Modernidad colonial-moderna, la maquinaria despótica del Estado, para dar paso a una transición que no puede ser sino una República Social y Democratica; nada en principio que desmejore los principios y derechos democráticos de un Estado democrático y social, participativo y protagónico, de derecho y de justicia.
Por tal razón me he opuesto a cualquier idea de “calco y copia” de la doctrina del Estado Socialista de cuño soviético, doctrina sostenida por quienes se hacen portavoces de la burocracia, y por quienes pretenden administrar las pasiones y demandas del movimiento nacional-popular.
Con partidos únicos o hegemónicos, alejados del sentimiento cimarrón de una suerte de cayapa política contra el colono o contra el imperio, alejados de la construcción democrática “desde abajo y por abajo”, de los acuerdos entre múltiples voces de emancipación, no se construye ningún nuevo socialismo.
Con centralismos burocráticos, verticales, impositivos, solo se plantean reminiscencias de la espada y a la cruz, del látigo y la evangelización forzada. Las palabras de todo discurso colonial, sea de derecha o de izquierda (ambos criados de la Modernidad política) son símbolos de grillos, cadenas, yugos, hachas, cuchillos, azotes y vergas de hierro, todos instrumentos de martirio y sujeción en el mundo colonial. Discursos intelectuales y morales geo-históricamente limitados para animar una revuelta, una contestación, una revolución permanente que supere el racismo, la discriminación y el colonialismo oculto de las emancipaciones del siglo XX.
Simón Rodríguez reconocía los entre-lugares del un nuevo pensamiento de la emancipación: no hay que “copiar modelos”, necesario es comprender las voces de la emancipaciones singulares, en el cruce muchas veces tensionado de las matrices simbólicas de los mundos nacional-populares.
“Las costumbres que forma una Educación Social producen una autoridad pública no una autoridad personal; una autoridad sostenida por la voluntad de todos, no la Voluntad de uno solo, convertida en Autoridad o de otro modo, la autoridad se forma en la educación porque educar es crear voluntades. Se desarrolla en las costumbres que son efectos necesarios de la educación y vuelve a la educación por la tendencia de los efectos a reproducir la autoridad. Es una circulación del espíritu de Unión entre socios, como lo es la de la sangre en el cuerpo de cada individuo asociado pero la circulación empieza por la vida” (Obras Completas de Simón Rodríguez, Tomo I, 1975, pág. 383)
¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Originales han de ser sus instituciones y Gobierno. Y originales los medios de fundar otras. O inventamos o erramos”.
Napoleón quería gobernar al género humano, Bolívar quería que se gobernara por si, y Yo quiero que aprendan a gobernarse.” (Simón Rodríguez-Sociedades Americanas)
¿Cómo quería Simón Rodríguez que el pueblo aprendiera a gobernarse? En la Educación Republicana. Dar movimiento a las “ideas sociales” (Simón Rodríguez), ir más allá de los manuales de “marxismo-leninismo ortodoxo”, más allá del colonialismo intelectual, para comprender que no se trata de viejas distinciones entre “socialismo utópico” y “socialismo científico”, sino entre tal vez entre “socialismo burocrático-autoritario” y “socialismo democratico y libertario”.
“Dénseme los muchachos pobres”, decía Simón Rodríguez, y verán “que es un hombre que conoce sus derechos cumpliendo con sus deberes, sin que sea menester forzarlo o engañarlo”. Una pedagogía de la liberación que no manipula, engaña o trata de forzar los espíritus.
Romper con siglos de dominación cultural es mucho más complejo que masticar las citas de las manuales marxista-leninistas, como si fueran inventos propios, con contrabandos ideológicos. El autogobierno popular en una república social y democrática, necesariamente pluri-cultural por la condición singular de nuestra indianidad y cimarronaje constitutivo, un autogobierno comunal y popular mucho más fecundo que la construcción de un Estado Despótico-Burocrático que explote, oprima y enajene políticamente a la multitud popular en nombre de las banderas de Marx y Engels. ¡Basta de estupideces! Es imprescindible comprender las fuerzas geo-culturales de Nuestra América.
Aimé Cesaire nos ha planteado, desde el Caribe negro, como sujeto en proceso de descolonización, el desprendernos del reduccionismo y el falso universalismo europeo. Desde allí, el sujeto nacional-popular será también indo-afro-mestizo, no un “proletariado” de “calco y copia”, un “proletariado de carabelas”. También sabemos, que el nuevo proyecto histórico no puede encallar, en un particularismo estrecho, que es funcional a la domesticación imperial (como lo demostró el uso del integrismo islámico por parte de Reagan y los neocons), pero menos la farsa del universalismo abstracto de una totalidad cerrada, producto de una voz geo-histórica específica llamada Modernidad occidental. Pluriverso y descolonización, premisas geo-culturales para abordar la pertinencia del “Socialismo del siglo XXI”.
No hay nuevo socialismo sin crítica radical al colonialismo material, intelectual y moral, a sus redes imaginarias y simbólicas. Si no queremos reproducir la moral compulsiva, la voz de los amos, y la espiritualidad de los conquistadores, desprendámonos de catequizar a las multitudes desde arriba, con una propaganda alienante y calcada de las técnicas de manipulación del estalinismo, comencemos a dialogar críticamente desde abajo y desde las singularidades nuestro-americanas, no por culto fascistoide a la “tierra y a la sangre”, sino para desarmar el jeroglífico de la dominación político-cultural profundamente arraigado, sedimentado por siglos de hegemonía ideológica colonial, liberal-criolla y, en gran parte, por una izquierda colonial.
El nuevo socialismo pasará a construirse desde múltiples voces, desde múltiples cuerpos y pasiones, desde múltiples singularidades históricas y culturales. Allí comprenderemos las razones por las cuales la mayor parte de las zonas de valor biológico del planeta, de gran biodiversidad, coinciden con la presencia de pueblos indígenas y cumbes que resisten desde la autoafirmación de las memorias africanas o desde la lucha contra la discriminación, el racismo y la negación cultural.
Si de verdad se lucha por un mundo multipolar, entonces no perdamos de vista que el camino hacia la consecución de este fin es un mundo sin colonialismo, sin discriminación y sin racismo, en fin, muchos mundos basados en el diálogo pluri-cultural e intercultural.